sábado, diciembre 01, 2007

Último día perfecto sobre la tierra...

Miro el atardecer y, como siempre, me emociono con sus colores inasibles. Hoy, quizás más que nunca, porque sé que ya no habrá muchos más por delante. Para nadie. La verdad no ha salido aún de los círculos de poder, ni creo que salga hasta que resulte implacablemente obvia. ¿Qué pueden decir los gobernantes? ¿Que ya no existirá ese futuro que tantas veces prometieron en vano? Sin la mísera ilusión del porvenir... ¡bien saben qué cabezas rodarán primero! Y así, aunque no haya escape, no quieren apresurar el tránsito. Por lo tanto, callan. Al descubrir lo que estaba pasando creímos en alguna clase de error monstruoso, pero al consultar con colegas de todo el mundo encontramos en ellos nuestro mismo desconcierto y la misma evidencia contundente: el fin del mundo ha llegado. ¡Claro que sabíamos que eso iba a suceder! Había tantas opciones en la baraja: en primer lugar, nosotros mismos y nuestra desaprensión suicida, o tal vez un meteoro, alguna otra colisión casi impensable, o un cambio cualquiera en la inclinación del eje… ¡Oh, sí, el final tantas veces anunciado acabaría por llegar, de un modo u otro! Pero no tanto tiempo antes, casi sin aviso, más allá de de toda suposición racional. Pronto ya no existirán más estas nubes perezosas, ni el azul de un cielo que creímos eterno. Ni los océanos sublevados, ni esta brisa áspera que el mar arroja sobre mi rostro. Todo se perderá. Y nosotros, los parásitos, duraremos menos aún. He dejado el observatorio. ¿Qué sentido tienen los cálculos desesperados cuando toda esperanza se revela estéril? No encontraremos una salida, no hay dónde ir, dónde ocultarse. ¿Para qué seguir oyendo los gritos que suplican soluciones mágicas? Si algo de todo lo que hemos invertido en matarnos los unos a los otros, cada vez con más eficacia y rapidez, lo hubiésemos empleado en buscar planetas habitables, o en construir una nueva arca de Noé, tal vez un soplo, un átomo, un poco de nuestra esencia sobreviviría. Pero no, no lo hicimos. Y un éxito atroz corona nuestra carrera: lo hemos logrado, por fin lo hemos logrado. Todos moriremos, rápida y eficientemente, cuando la furia del final nos alcance. He regresado a casa, el lugar que me vio crecer. Ya soy vieja y estoy muy cansada. No siento pena por mí, pero sí por lo que, pese a sus errores y horrores, la humanidad creó través de los siglos: el arte, los libros, la música… Todo se perderá, sin rastro alguno. Y las lágrimas corren por mi rostro. Lloro por los niños que nunca tendrán la oportunidad de crecer y equivocarse, por todas las alas detenidas, por todas las voces silenciadas, por la dolorosa belleza de este mundo condenado a desaparecer. Más allá del ventanal completamente abierto se mece el océano; unas gaviotas sobrevuelan las crestas espumosas, giran, se alzan, descienden, en un baile tan antiguo como las olas. La habitación está llena del sonido del agua, de los gritos punzantes de las aves, de la luz milagrosa del poniente. Me gusta ver atardecer, mirar con los ojos entrecerrados el rostro del sol y no descubrir aún el ceño fruncido de la muerte. El paisaje es una gloria que resplandece y se duplica sobre el agua; las nubes, ahora desflecadas y violáceas, frágiles, acarician el horizonte. Una vela lejana lo fracciona. Mañana, pasado, dentro de una semana, no sé, me sentaré en ese sillón de la galería; escucharé a Bach o a Pachelbel y me dejaré inundar por la misma tristeza premonitoria que siempre me ha provocado su música. Beberé un vaso de agua muy fría como si fuera el licor más exquisito, tragaré determinada cantidad de pastillas. Tal vez lamente no haber fumado nunca, supongo que podría ser un buen momento para un cigarrillo. Y antes de dormirme, veré atardecer el último día perfecto sobre la tierra.

4 comentarios:

Patricio dijo...

La saludo, Olga.


Caí, errante, en su blog por una serie de casualidades poco pintorescas.

Estuve leyendo un rato sus cuentos con mucho agrado.

En éste último, me interesó bastante la polisemia del final. Tal vez sea yo y mi juventud (cuento 19 añitos), pero siento que hay bastante no dicho en todo eso. Y me gusta.

En fin, realmente me honraría mucho que pasara por mi blog. Escribo cuentos, soy un aficionado con ambiciones vergonzosas.

Desde ya muchas gracias y déjeme decirle que acá tiene un nuevo lector.

Olga A. de Linares dijo...

Patricio
Gracias por tu "caída" en mi blog y tus conceptos. Visité el tuyo, pero por alguna razón, no logré dejarte ningún mensaje allí. Intenté mandarte un mail, no sé si te habrá llegado. En fin, como no quiero pasar por despreciativa, escribo acá, esperando que llegues a verlo en alguna visita futura. Me pareció muy interesante tu escritura, muy original y espero que siguas practicándola, porque creo que tenés mucho por decir y las herramientas para hacerlo. Un saludo cordial

Hada de los tiempos dijo...

No creo que esto llegue a suceder nunca, al menos eso espero. Pienso que los retos que los humanos tienen son cada vez mayores, pero también creo que, en el fondo, hacen lo que pueden. Todos hacemos lo que podemos... Sin embargo, puenso que el tiempo hará que todo lo malo de este tiempo sea enmendado. En todas las épocas de la historia los hombres lo han hecho, y estoy segura de que seguirán haciéndolo. Cuando un sistema estaba caduco, era opresor o negativo para nuestra evolución, siempre terminó siendo derrocado para llegar hasta el día de hoy, en el que muchas cosas todavía quedan por mejorar y cambiar; pero estamos mejor ahora que en las dictaduras del Antiguo Régimen, por ejemplo, ¿no crees?

¡¡¡Muchos besitos!!!

Rafael Vázquez dijo...

Como siempre, bellísimo relato, Olga. La página Ficcionario me da problemas y no pude dejarte un comentario allí así que lo escribo aquí. Sólo decir que magnífica la selección de minirrelatos tuyos que hicieron Javi y Oriana.
Todos y cada uno me pareceron magistrales. Además de esos, yo también destacaría éstos:

Demasiado tiempo...
Cuando despertó, tanto él como el dinosaurio, igualmente fosilizados, compartían una vitrina en el Museo de Ciencias Naturales.

Destino.
El destino es un gran gato de Cheshire, tan elusivo e impredecible como el que encontró Alicia en su viaje. El problema es que frente a él no somos niños, sino ratones.

Miradas II
Cuando nadie nos mira ¿cómo podemos saber que existimos?

Salud pública.
Se ha observado que mendigos y menesterosos provocan repentinos ataques de ceguera en la población; afortunadamente, el síndrome desaparece en cuanto los afectados establecen una saludable distancia con esos portadores crónicos de miseria.

Distraccion.
Tanto tiempo pasó cerrando los ojos a la realidad, que nunca supo cuándo se había quedado ciego.

Similitudes.
Desde la pantalla, los actores, aburridos de reproducir siempre las mismas cosas, espían a los espectadores. Esperan que ellos les brinden algo de diversión.
Desolados, descubren que también están forzados a repetir un libreto.

Solipsismo.
Le dijeron que no podría dejar su huella, que ya todo estaba hecho. Meditó largamente esas palabras. Luego, buscó la trama de la realidad.
Y comenzó a deshacerla.

Me parecen fantásticas éstas.
Felcitaciones, Olga.