domingo, noviembre 08, 2009

De reojo

No es la primera vez que le sucede. Y esa repetición empieza a causarle una molestia vaga que parece centrarse en su estómago, en la náusea constante. Sin importar lo qué esté haciendo, de pronto, con el rabillo del ojo, cree percibir un movimiento, una sombra... Algo indefinido, algo que no está allí cuando gira la cabeza para verlo. No le preocupó las primeras veces, y atribuyó los furtivos desplazamientos a ilusiones ópticas, cansancio, nervios... Sin embargo, al transcurrir las semanas comenzó a inquietarse, igual que el venado que presiente al depredador oculto, cuyo hedor siente en el aire, aunque sus ojos asustados no lo puedan divisar. Además eso, sea lo que sea, acorta distancias. Y se hace más grande, está segura. En los primeros días adjudicó el veloz movimiento a alguna rata que podía haber penetrado en la casa por los desagües; luego, la fugitiva vislumbre le hizo pensar en un perro, (perro que, claro está, no tiene). Ahora, es como si un niño o un enano se desplazara a su alrededor, trazando siniestras espirales, cercándola. No sucede a horas fijas. Da igual si es de día o de noche. Siempre hay un rincón oscuro desde el cual eso suele desprenderse, aprovechando una momentánea distracción... Y, por más que lo intente, no logra capturar su imagen con claridad. Los días se le vuelven pesadilla continua. Sin darse cuenta, empieza a adoptar poses peculiares, en su intento de custodiar los nidos de oscuridad en los que eso se ha gestado, esos rincones tenebrosos desde los que parece desprenderse. Se obsesiona en una vigilia acaso absurda y siempre inútil. Porque eso siempre surge, indefectiblemente, de un sitio diferente al que ella está custodiando. Comienza a actuar extrañamente. Gira la cabeza de pronto, con nerviosos movimientos de pájaro, y sus ojos han adoptado una expresión alucinada. Ya casi no duerme, sudando sus terrores en las horas de insomnio; teme ser vencida por el sueño y que entonces eso aproveche para saltarle encima, para devorarla con su oscuridad de jungla. Y come mal, como preñada de esa angustia que se despereza en su vientre, se enrosca en su sangre y le cierra la garganta. Atrapada en esa telaraña ya casi no sale; los pocos que, preocupados por su desaparición vienen a visitarla, se van rápidamente, ahuyentados por sus gestos de demente y por algo más, algo que les eriza la piel, acelera su aliento y los empuja fuera de la casa, sin que ninguno pueda precisar con exactitud de qué se trata. Pero respiran aliviados una vez afuera, mientras tratan de olvidar los ojos amedrentados, el olor a miedo que desprende la mujer. No siempre lo logran. Y no falta quién llega a sentir que no ha salido completamente solo del lugar, que algo, alguien, le sigue los pasos, aunque no logre verlo con nitidez y sólo llegue a percibir, con el rabillo del ojo, un movimiento furtivo, una sombra taimada... La soledad se hace más densa alrededor de la mujer. Helada, respirando apenas, permanece muchas horas sentada en el sillón antes confortable, mientras trata de negar con las estridencias de la televisión la marea silenciosa que avanza, los círculos que se van cerrando en torno de ella. Un día como otro cualquiera sabe que eso ha terminado de recorrer sus fatales senderos. Cree sentir un aliento helado sobre su nuca desprotegida, crispa las manos, respira hondo, la frente se eriza en una transpiración de escarcha. Con un espasmo que reúne terror y coraje se da vuelta, dispuesta a enfrentar lo que sea de una buena vez. Tiene ¡al fin!, la visión completa de la sombra. Y en el breve, brevísimo lapso de vida disponible después de eso, agradece la muerte que le hará olvidarla.

domingo, noviembre 01, 2009

Luis construye mañanas

Los domingos, cuando todavía los pájaros remolonean en los nidos, contagiados de pereza humana, Luis sube a su bicicleta y se larga a andar por las calles ajenas. Sin apuro, sin tarjetas que marcar, sin capataces, con la mañana lustrosa sobre los hombros, él pedalea mientras el sol, estremecido de escarcha, patina en los techos de la barriada. No sabría explicar por qué se larga así, a la buena de Dios, cuando podría aprovechar para descontar cansancios y dejarse estar en la analgésica modorra del feriado, que borra tanto esfuerzo inútil, tanto lunes inevitable, tanta humillación rumiada. Ni él mismo sabe qué lo fuerza a dejar la cama calladamente, sin incomodar el sueño de Rosa o de los chicos, para deslizarse, todavía sombra entre sombras, a la cocina. Un par de mates, esa amarga tibieza que reconforta y luego, como cada día, la bicicleta. Y la calle, que lo llama con su boca dentada de verde, su piel cuarteada de pasos idos. Luis pedalea despacio, y deja que los ojos se le llenen de veredas solitarias, de casas que aún duermen, protegidas por los ojos vigilantes de sus faroles. Faroles que, a medida que el día extiende sus tapices, parpadean y se cierran hasta que la noche vuelva a reclamarlos. Campanas con vocación de monaguillo se hamacan en el aire limpio, viejas devotas se desprenden de portales bostezantes para responder a la convocatoria. La mañana pedalea sin ceremonias junto al hombre oscuro, vuela con los gorriones inquietos, repica en los campanarios. El barrio se desliza, cinta sin fin, a cada costado. Y Luis mira las casas, los jardines que se desperezan, las puertas cerradas, las ventanas mudas. Y vuelve a levantar edificios. Pero esta vez solo en su mente, altas torres hechas de luz y de aire. Con miles de ventanas. Ventanas de muchos colores, todas distintas, únicas todas. Como las personas mismas… La calle alterna asfalto y adoquines, baches y suavidades; los semáforos, pasiones y esperanzas. Y Luis, en cada pedaleo, construye muros y abre ventanas ilusionadas... Una ventana azul... una ventana de sol... una ventana ojos del zorzal... una ventana silenciosa... una ventana a la vida... una ventana cerrada... una ventana sin mayores pretensiones... una ventana fría... una ventana alegre... una ventana ríspida... una ventana de cinco centavos... una ventana de arroz... una ventana de besos... una ventana briosa... una ventana característica... una ventana de acero.... una ventana sin calificativos.

Presentación

El próximo 5 de noviembre la editorial Amauta presentará en sociedad la antología Un mes después y otros cuentos aterradores, en la que aparezco con un cuentito y, ni yo misma lo creo, ilustrando algunos cuentos ajenos. La tapa la hizo un profesional en serio, Leo Batic, que además es, como la mayoría de los que también aparecen en la antología, un verdadero amigo. El magno evento (bueno, para mí lo es) tendrá lugar a las 18.30 hs., en el auditorio de Espacio Tucumán, Suipacha 140. Y están invitados, claro. Un agradecimiento especial a Graciela Repún, que es la que nos ha dado el empujoncito necesario para que nos animemos a poner el cuerpo (y las letras) en este proyecto, y otro a Mario Méndez y Jorge Grubissich, que lo hicieron realidad.
Y para que vayan sintiendo el gustito, acá está la portada de la antología.

lunes, septiembre 21, 2009

Abrazo de agua

Y sigo desempolvando... Este es de 1996, nada menos.
ABRAZO DE AGUA
Disuelta en el agua tu presencia, verde, cristalina, pasajera. Me sumerjo a encontrar tu cuerpo, memoria fluida y transparente, lo etéreo de tu forma, ese susurro diluido entre las voces del silencio. Una hoja oxidada arremolina el recuerdo de tus ojos en la orilla; en mis brazos late el frío de tu sombra.

Reloj pulsera

Desempolvando archivos viejos, encontré esto, que es de julio del 2005. Y dada mi escasa producción literaria de los últimos tiempos, me decidí a ponerlo en vidriera, tanto como para que sepan que sigo acá, aunque no parezca...
RELOJ PULSERA
En esta esfera el tiempo se consagra y me atrapa, me convierte en su esclava, su herramienta... Me encadena a su abstracta ecuación de agujas y latidos... Y ya la luz no cuenta, ni las sombras, sino un tenue batir de sangre y sueños idos tras la mentira atroz del “para siempre”. ¿Qué pretende este pulso en su soberbia? ¿Acaso fingir que ha conjurado el invisible arco, la certera flecha ya intuida por el hosco reloj del pecho abierto?
Imagen: Persistencia de la memoria, de Salvador Dalí

domingo, julio 19, 2009

Atención, viajero

Te lo advierto, allá te espera una ciudad feroz. En ella, las altísimas torres violan reiteradamente al cielo inerme, sin siquiera reparar en ello... Y los puentes acuchillan el río gangrenado, putrefacto ya, sin que nadie se cuide de su muerte repetida, mientras que las plazas, erizadas de agujas venenosas, se pueblan de alucinaciones, que estrangulan a sus víctimas sin piedad alguna. Sobre las calles, fieras metálicas acechan a transeúntes desprevenidos, y, a veces, se atacan entre sí como animales en celo, para llenar el suelo gris con despojos varios. Sigue mi consejo, viajero, no entres en ella. No temas, podrás reconocerla desde lejos, yaciendo bajo la niebla de su indiferente violencia como un gran monstruo antediluviano.

Vampiro literal

Suele rondar las calles clavándole el diente a palabras desprevenidas, secuestrando vivencias ajenas, rapiñando anécdotas. Cualquier cosa puede terminar devorada por la criatura, nada está a salvo de su hambre, de su codicia, de su terrible necesidad de alimentar transformaciones. Siempre está tejiendo sus redes invisibles, más atento a dar vida a una frase ingeniosa, una metáfora original, un giro desusado, que a quien agoniza a su lado. A no ser que lo vea, de improviso, como materia prima, como algo reciclable. Vampírico, nebuloso, sabe que no existe más que en esas metamorfosis. Que solo en las ficciones que produce puede reflejarse. Sin ellas, es apenas otro fantasma perdido en la ciudad, inmensa y no menos impiadosa. (Imagen: Furia, de Fabio Lafroce)

El ente

Cuando lo vio, recién nacido, no le dio mayor importancia. Pequeño, enclenque, miserable, no le pareció peligroso para nadie. Y menos aún para él. Era apenas uno más de los tantos, casi siempre huérfanos, con los que tropezaba a diario, y que no llegaban nunca a nada. Ocupado en sus propios asuntos, no prestó demasiada atención a su crecimiento aunque, a veces, la incómoda sensación de que se fortalecía y desarrollaba más allá de lo conveniente empezó a rondarlo. Pronto descubrió que, en ocasiones, él ejercía el control. Y por fin comprendió que no debió subestimarlo, ni dejarlo desarrollarse hasta este punto. Ahora, enfrentado al monstruo iracundo y sombrío, al deseo de muerte que se agazapa en sus garras, al veneno que destila su boca, sabe que ese Odio sin destino terminará devorándolo. Imagen: Odio (Salvador Dali)

sábado, mayo 23, 2009

Nombre

¿Cuál es mi nombre? ¿Éste, con el que todos me conocen? ¿Por qué, entonces, lo siento tan ajeno? Hay otro, debe haberlo, escondido donde yace también el rostro verdadero, subterráneo, incógnito, oculto igual que él. Tal vez algún día alguien reconozca esos, mis secretos rasgos. Tal vez en alguna mirada pueda verlos, en el momento exacto en que otra voz me llame, con las palabras sin mentiras del amor.

Máscaras

¡Carnaval, carnaval! Al grito todos nos colocamos las máscaras, nadie ha de ver la propia, como siempre sucede. Esta vez, es fácil adivinar el rostro ajeno tras los antifaces, tras los simulacros. Reímos, captando de inmediato el ridículo que no nos pertenece, ilusionados con la idea de que en el reparto el azar nos deparó una suerte más digna. Pero el azar no tiene esas delicadezas y es muy probable que la nuestra sea la más grotesca. Alguien pide auxilio, la máscara la asfixia, impávida en su muerta blancura. Antes de que logre su cometido la arrancamos, dejando el rostro desnudo que, de inmediato, reclama el cobijo de otra. Algunas se resisten a favorecer ocultamientos, pero al cabo resulta inevitable hallar la que mejor se ajusta a cada uno. Llega la hora de las palabras. Cada quien las caza como a oscuras liebres en un bosque aún más oscuro y se enmascara, revelándolas. Curvas y líneas se suceden, diciendo, no diciendo, mostrando, no mostrando. Punto final. Es el momento de descubrirse. No es posible partir con ellas, no hay negativa que valga. Lo intento. Imposible. La máscara se funde a mi rostro, ya olvidado, lo reemplaza. Deberé ir por el mundo con esta faz que ignoro y evitar todo espejo que señale su falsedad - o acaso su verdad -, ambas igualmente irremediables.