
Miro el atardecer y, como siempre, me emociono con sus colores inasibles. Hoy, quizás más que nunca, porque sé que ya no habrá muchos más por delante. Para nadie.
La verdad no ha salido aún de los círculos de poder, ni creo que salga hasta que resulte implacablemente obvia.
¿Qué pueden decir los gobernantes? ¿Que ya no existirá ese futuro que tantas veces prometieron en vano? Sin la mísera ilusión del porvenir... ¡bien saben qué cabezas rodarán primero! Y así, aunque no haya escape, no quieren apresurar el tránsito. Por lo tanto, callan.
Al descubrir lo que estaba pasando creímos en alguna clase de error monstruoso, pero al consultar con colegas de todo el mundo encontramos en ellos nuestro mismo desconcierto y la misma evidencia contundente: el fin del mundo ha llegado.
¡Claro que sabíamos que eso iba a suceder! Había tantas opciones en la baraja: en primer lugar, nosotros mismos y nuestra desaprensión suicida, o tal vez un meteoro, alguna otra colisión casi impensable, o un cambio cualquiera en la inclinación del eje… ¡Oh, sí, el final tantas veces anunciado acabaría por llegar, de un modo u otro!
Pero no tanto tiempo antes, casi sin aviso, más allá de de toda suposición racional.
Pronto ya no existirán más estas nubes perezosas, ni el azul de un cielo que creímos eterno. Ni los océanos sublevados, ni esta brisa áspera que el mar arroja sobre mi rostro. Todo se perderá. Y nosotros, los parásitos, duraremos menos aún.
He dejado el observatorio. ¿Qué sentido tienen los cálculos desesperados cuando toda esperanza se revela estéril? No encontraremos una salida, no hay dónde ir, dónde ocultarse. ¿Para qué seguir oyendo los gritos que suplican soluciones mágicas?
Si algo de todo lo que hemos invertido en matarnos los unos a los otros, cada vez con más eficacia y rapidez, lo hubiésemos empleado en buscar planetas habitables, o en construir una nueva arca de Noé, tal vez un soplo, un átomo, un poco de nuestra esencia sobreviviría.
Pero no, no lo hicimos. Y un éxito atroz corona nuestra carrera: lo hemos logrado, por fin lo hemos logrado. Todos moriremos, rápida y eficientemente, cuando la furia del final nos alcance.
He regresado a casa, el lugar que me vio crecer.
Ya soy vieja y estoy muy cansada. No siento pena por mí, pero sí por lo que, pese a sus errores y horrores, la humanidad creó través de los siglos: el arte, los libros, la música… Todo se perderá, sin rastro alguno.
Y las lágrimas corren por mi rostro.
Lloro por los niños que nunca tendrán la oportunidad de crecer y equivocarse, por todas las alas detenidas, por todas las voces silenciadas, por la dolorosa belleza de este mundo condenado a desaparecer.
Más allá del ventanal completamente abierto se mece el océano; unas gaviotas sobrevuelan las crestas espumosas, giran, se alzan, descienden, en un baile tan antiguo como las olas.
La habitación está llena del sonido del agua, de los gritos punzantes de las aves, de la luz milagrosa del poniente.
Me gusta ver atardecer, mirar con los ojos entrecerrados el rostro del sol y no descubrir aún el ceño fruncido de la muerte. El paisaje es una gloria que resplandece y se duplica sobre el agua; las nubes, ahora desflecadas y violáceas, frágiles, acarician el horizonte. Una vela lejana lo fracciona.
Mañana, pasado, dentro de una semana, no sé, me sentaré en ese sillón de la galería; escucharé a Bach o a Pachelbel y me dejaré inundar por la misma tristeza premonitoria que siempre me ha provocado su música.
Beberé un vaso de agua muy fría como si fuera el licor más exquisito, tragaré determinada cantidad de pastillas.
Tal vez lamente no haber fumado nunca, supongo que podría ser un buen momento para un cigarrillo.
Y antes de dormirme, veré atardecer el último día perfecto sobre la tierra.