
Te lo advierto, allá te espera una ciudad feroz.
En ella, las altísimas torres violan reiteradamente al cielo inerme, sin siquiera reparar en ello...
Y los puentes acuchillan el río gangrenado, putrefacto ya, sin que nadie se cuide de su muerte repetida, mientras que las plazas, erizadas de agujas venenosas, se pueblan de alucinaciones, que estrangulan a sus víctimas sin piedad alguna.
Sobre las calles, fieras metálicas acechan a transeúntes desprevenidos, y, a veces, se atacan entre sí como animales en celo, para llenar el suelo gris con despojos varios.
Sigue mi consejo, viajero, no entres en ella.
No temas, podrás reconocerla desde lejos, yaciendo bajo la niebla de su indiferente violencia como un gran monstruo antediluviano.