viernes, diciembre 02, 2011

ESPÍRITUS


Desperté y el fantasma prometido estaba en la habitación.
Ropa oscura, gestos exagerados, suspiros que rivalizarían con cualquier huracán tropical...
Muy teatral, demasiado "demodée", tirando a trágico. Y al parecer sin otro deseo que pasearse de un lado a otro, entre lamentos.
Amante de emociones fuertes, yo había pagado para ocupar la habitación con fama de encantada. Pero esperaba más que esos deambulares suspirantes.
—Oiga, joven... Si no piensa hacer algo más... fantasmal, digamos, pediré la devolución de mi dinero. Así, el único riesgo que corro es morir… ¡de aburrimiento!
—¡Oh, Muerte! ¡Oh, grave signo de un gran poder lejano! —declamó, en respuesta. Pasó el resto de la noche recitando a Novalis.

No logré que me reintegraran lo abonado.
Yo pedí un fantasma y eso tuve, dijeron; si no me había gustado que fuera el Espíritu del Romanticismo, debí prestar atención a la letra chica.


Imagen: "El caminante sobre el mar de nubes", Caspar David Friedrich

martes, noviembre 01, 2011

Rutinas


Estaba harto de esa vida. De estar todos los días detrás de algo que, más allá de pequeñas diferencias, era siempre la misma mierda.
Con frecuencia se preguntaba si sus congéneres sentirían lo mismo o si, como su padre, su abuelo y todos los que lo habían precedido en el camino, aceptaban su suerte sin perder tiempo en cuestionamientos sin sentido.
Porque, al fin de cuentas ¿qué otra cosa podían hacer? No solo habían nacido para esa tarea, sino que ella los definía, era su herencia, la identidad de su especie, el futuro de sus hijos…
Según viejas historias, antaño habían sido considerados seres sagrados, cuasi divinos, con una misión trascendental…
En la familia conservaban la estatua en piedra de un lejano antepasado, cuya negrura de basalto estaba surcada por signos que ya nadie sabía descifrar pero que, suponían, revelaban su elevado status anterior.
Pero hoy nadie creía ya que tuvieran algo que ver con lo celestial, ni responsabilidad alguna sobre los ciclos solares…
Debía abandonar de una vez sus estériles sueños.
Con un suspiro de resignada aceptación, el escarabajo estercolero agachó las antenas, y prosiguió empujando la bola de excremento.

martes, septiembre 27, 2011

La próxima batalla


Para Manuel los libros son un castillo con las puertas cerradas, un precipicio sin puentes, un planeta desconocido.
Mira las letras, esas prolijas huellas de hormiga, sin saber como otros pueden hallar su camino en ellas.
Pero se muere de ganas de encontrarlo él también.
Es… como un hambre. Distinta a la que tan bien ha conocido, pero casi igual de fuerte.
Suele entrar a la biblioteca del pueblo con pasos indecisos, furtivamente; como si no tuviera derecho a estar en ese sitio que se le hace tan ajeno, como temiendo que alguien descubra esa intromisión y lo eche; luego busca avergonzado, fingiendo que es para un nieto, algún libro de colores llamativos, de imágenes deslumbrantes.
Tal vez ellas puedan darle una clave, un indicio, algo que, tal vez, le devele el secreto de los signos inaccesibles. Pero el misterio permanece, se resiste…

Un día Manuel se mira las manos fuertes, gastadas, de quebracho añoso. ¡Cuántas batallas afrontaron! En muchas conocieron la derrota, en muchas fueron vencedoras…
Rastrea en el espejo al chico que supo ser hace ya tanto, ese chico oculto tras la máscara amasada por el tiempo.
Aún está ahí.
Lo reconoce en los ojos que, todavía, guardan imágenes de cerros, de ovejas pastoreadas, de cactus silenciosos, de matas ásperas azotadas por un viento inclemente. Días solitarios, días sin escuela, días barridos también por el viento de los años.
El niño y el hombre se saludan, se reencuentran, se abrazan, se confunden…
Entonces Manuel decide que ha llegado el tiempo de otra lucha.
Y, quizás, de otra victoria.
Esa misma tarde, con su paso lento, cruza las calles donde el sol ya se despide y, tímida pero decididamente, abre la puerta de la escuela para adultos.

sábado, septiembre 10, 2011

De nuevo en Billiken



Esta es la tapa de la revista Billiken de esta semana, recién salida del horno editorial, como quien diría. ¿Por qué la comparto?
¡Porque en esta edición del 9-9 sale un cuento mío! De yapa, van dos hojitas, para que puedan ver las ilustraciones de Diego Stigliano junto al inicio del cuento.

jueves, julio 28, 2011

En la Feria del Libro

Acá está mi librito, haciendo su segunda presentación en sociedad, esta vez en la Feria del Libro Infantil. Y, como no se animaba a estar solo, se hizo acompañar por un par de antologías en las que tuve el gustazo enorme de participar...
Yo, como buena madre chocha con sus bebés... me fui a sacarles fotos, sí, señor. Para enternecerme cuando se hagan grandes (¡de esperanzas también se vive!)

miércoles, junio 29, 2011

Engaño


El vendedor aseguró que las plumas de la almohada que acababa de comprar eran de cisne; imaginé entonces que mis sueños podrían volar alto y lejos…
Pero no se puede confiar en los vendedores…
Pasé la noche huyendo de las intenciones amorosas de un gallo y de las sospechosas invitaciones de un zorro.
Ahora, ya despierta, me preocupa el destino del huevo al que di a luz poco antes de amanecer

Imagen: fragmento de "En el espacio azul", de Arkadi A.Rylov

Lo siento, tengo que irme...


Le bajo el cierre despacio y ella me deja ver, insinuante, lo que tiene debajo.
No sé cómo decirle que si estoy acá es solo por obligación, que no es momento para que nos acostemos, ni ha llegado la hora de pasar, una vez más, toda la noche a su lado en ese abrazo que tanto cuesta romper cada mañana.
Así que terminaré de desvestirla y me iré, dejándola desnuda y sola sobre la cama deshecha y ya fría...
Ojalá entienda que, de vez en cuando, toda almohada necesita que se le lave la funda.


Imagen:Toulousse-Lautrec

jueves, junio 23, 2011

Colores


Al nacer, se cobijó en la limpia fragancia del blanco, y dejó que otros se preocuparan por rosas y celestes.
Después, aprendió a recoger amarillos para alegrarse el alma y verdes para llenarla de frescura; la dejó inundarse de turquesas y cobaltos cuando el mar le habló de lejanías y misterios.
Amó sentir bajo los pies la piel oscura de la tierra y el ocre tibio de sus caminos; tal vez por eso quiso recorrerlos todos.
Un día se entregó al azul de unos ojos y juntos supieron arder en rojos y naranjas.
Más tarde llegó el gris para ahogarlos en su niebla; conoció entonces la agonía insondable del negro; envuelto en él, incapaz de ver y verse, fue como una roca que musgos y líquenes cubrieron de tristeza.
Hasta que un amanecer violeta le regaló un resplandor ámbar; a su luz se reconoció vivo, y pudo reemprender la marcha.
Lejanas cumbres nevadas lo ensoñaron con blancuras renacidas.
Bajo el sol púrpura navegaban galeones de nubes, y el horizonte era otro mar.

lunes, mayo 23, 2011

PALABRAS


Dormíamos.
Intocadas, desde que fuimos abandonadas en este territorio incógnito. ¿Soñamos? Quizás...
Con el mismo mundo que nos contiene y que, a la vez, construimos.
Mundo también soñado por nuestro creador.
Pero hoy hemos despertado.
Y todas, por fin realmente vivas, salimos a tu encuentro, diminutas Scherezadas, para cautivarte con nuestras maravillas...
Hoy, cuando tus ojos recorren nuestra casa, este castillo de palabras que tú, desconocido, llamas libro.

miércoles, enero 26, 2011

Necesario

¡Otra vez! ¡Todos los santos días lo mismo! ¿Hasta cuándo este calvario? Muy bonito esto de la magia, muy creativo, sí, todo lo que ustedes quieran... ¡pero tiene sus bemoles también, no se crean! Sobre todo si uno cayó en manos de una narcisista obsesiva como la que me tocó en suerte. ¿Por qué no me ha tocado en suerte otra bruja, mago o hechicero con intereses más amplios, digamos? Porque tener las respuestas para todo, como es mi caso, y estar obligado a contestar una sola pregunta, ¡una sola, sí, como lo escuchan, siempre la misma, los siete días de la semana!... No, qué domingo franco ni domingo franco, estamos en el feudalismo todavía, para lo de las conquistas sociales falta un rato largo... En fin, cómo les decía, no sólo es tener que oír siempre la misma cosa, sino también responderla de igual modo desde hace años… ¡Eso acaba con la paciencia (y el azogue) de cualquiera! ¡Pero sí, que no soy sordo, ya voy, ya voy...! ¡Espejito, dime hoy, si la más hermosa soy! ¿No les dije? Ahora tengo que contestar. Pero no quisiera, porque yo ya sé lo que viene después... Hasta hace poco pude escurrir el bulto, pero no puedo hacerlo más. No hay margen para la duda, todo está más claro que el agua. Y como estoy condenado a decir la verdad aunque no me gusten las consecuencias... Hasta ayer, señora mía tuyo ha sido el honor más ahora (¡es la vida!) Blancanieves es mejor. Bella eres, es verdad, ¡más la doblas en edad! Y una cana por aquí, una arruga por allá, la belleza, poco a poco, como el tiempo se te va... ¡Zás! ¿Vieron? ¡Ya sabía que le iba a dar el ataque! ¡Pobre piba, la que se le viene encima! Pero bueno, yo no tengo la culpa, no maten al mensajero. Después de todo, vamos a ver, si no fuera por mí ¿cómo iba a seguir este cuento?

sábado, enero 22, 2011

Extinciones

Cuando se durmió, como cada noche, murieron todas las cosas. Por suerte ella, que las recrea en el instante del despertar, no sabe nada de ese cotidiano espanto. (Fotografía de Teresa Encinar)

miércoles, enero 05, 2011

Mutilación

Me duelen las alas, vida, / las fingidas, / incompletas, / las frustradas alas, / las ausentes...// Me duelen en el aire, / tal como dicen / que duelen los miembros amputados,/ exigiendo una presencia, / la ritual encarnadura, / sobre el vacío irremediable.../

lunes, diciembre 13, 2010

Visita

Yo no quería venir. Pero cuando má dice “hoy vamos a ver a la tía”, no hay más vueltas. Tenemos que venir, sí o sí. “Para eso somos familia”, dice. Prefiero ir a lo de Inés, que sí es mi tía-tía, ahí no hay problema, juego con mis primos y lo pasamos bárbaro; además ella es linda, se ríe siempre, aunque hagamos lío, y me da galletas de chocolate... Tía Antonia no se le parece en nada. A mí me hace pensar más bien en una bruja. Y huele siempre raro, un poco como las cosas que guardamos en el placard de la piecita del fondo. Además, todas las veces me mira como si no supiera quién soy. Má me dijo que es hermana del abuelo Luis, que está sola y enferma, y que por eso tiene que vivir acá, en este lugar lleno de personas igual de reviejas y que a mí me asustan un poco. Antes, el único que la visitaba era el abuelo. Pero se murió y ahí fue que tuvimos que empezar a venir nosotros. Má dice que es lo menos que podemos hacer. Bueno, está bien, digo, si a ella le gusta... Lo que no sé es para qué me trae a mí. Ya le dije un montón de veces que soy grande, que me puedo quedar en casa mirando la tele, pero no hay caso. Que no me va a dejar solo, dice. Y que ella tampoco está chocha de la vida por perderse la tarde del sábado después de laburar toda la semana. Pero que se lo prometió al abuelo y ella siempre cumple lo que promete. No sé, a mí me prometió hace mucho que me iba a comprar la camiseta de River y todavía nada.. Al final, me voy a hacer viejo esperando, igual que el abuelo Luis y la tía Antonia. Porque aunque parezca raro, hace como mil años, ellos también fueron chicos. Los vi en unas fotos que encontré en una caja adentro del ropero del abuelo. Má dice que tengo los mismos ojos y el mismo pelo que él. La nariz… no tanto. “Esa la sacaste de tu padre”, añade, y me parece que eso no le gusta mucho. Yo no sé si lo de papá es cierto, porque ella tiró todas sus fotos cuando se fue, y no me acuerdo cómo era… Pero bueno, la cosa es que a mí la Antonia de esas fotos de antes me gusta más que esta de ahora. Y me pasa que mucho no entiendo cómo puede ser la misma. Le miro el millón de arrugas, y los ojos chiquitos, y… ¿saben de qué me acuerdo? De una tortuga que tuve que se la comieron las hormigas. Si hasta mueve la cabeza igual… Má le cepilla el cabello, le corta las uñas, le da un caramelo de miel… Después creo que ella tampoco sabe qué más hacer. Se pone a mirar por la ventana, y nos quedamos los tres callados, escuchando el ruido de la calle, el televisor que los otros viejos están mirando en el comedor, el tic-tac de un reloj que parece un granadero de guardia en el pasillo. En lo único que quisiera pensar es en que cada vez falta menos para irnos. Pero también pienso si algún día no habrá otro chico como yo sentado acá, mirándome y pensando si seré o no el mismo que él vio en alguna foto vieja.

jueves, octubre 14, 2010

En la selva

Hace varias noches que no descansa bien. Se acuesta, con el propósito de ver alguna película por televisión y a los pocos minutos el sueño la vence; dos o tres horas después despierta para reencontrarse con el insomnio, como quién se enfrenta a un viejo enemigo que siempre nos derrota. En la medrosa quietud, sonidos extraños la rodean: crujidos, susurros, movimientos invisibles brotan de todos los rincones. Los nervios la dominan, se avergüenza de revivir, a sus años, antiguos terrores infantiles. Ausente de ellos, Rubén duerme, tranquilo. Su pausada respiración es el ancla a la cual ella sujeta su cordura, que siente desfallecer ante el acoso nocturno. La luz incierta del alba la encuentra agotada, aturdida; sólo logra funcionar aceptablemente después de un par de aspirinas y unas tazas de café bien cargado. Día tras día, cada vez más exhausta, desea el descanso que ya presiente imposible. Al contrario, todo empeora; se suman a los ruidos cercanos los callejeros: aullidos de ambulancias, sirenas policíacas, ecos distantes de trenes y camiones; a veces disparos, gritos, carreras. Pueden inspirar temor pero son, en cierta forma familiares, conocidos. ¡No como los que comienzan a filtrarse por su desvelo! Sonidos que la hacen pensar en pelajes moteados, en ramas quebrándose bajo garras afelpadas, en animales atrapados por incorpóreos depredadores. Durante el día adjudica estas figuraciones a sus nervios desquiciados, pero en las noches no puede evitar el terror; su respiración se agita y la sangre es un desbocado tambor en sus oídos, una transpiración helada le brota desde las entrañas. Boca arriba, le parece que el techo de la habitación se disipa, dejándola indefensa bajo una bóveda sombría dónde el sol no penetra jamás a pleno; se imagina rodeada de otros muros, muros hechos de lianas, troncos, de compactas masas de vegetación tropical. Desde ellos, salvajes ojos de ópalo y jade la acechan y cree percibir olores de zoológico, nada que ver con el domesticado aroma de la cera o el lustramuebles que emplea para la limpieza. Esa noche, desbordada por la insoportable tensión, extiende la mano en busca de la luz consoladora del velador; bajo su suave resplandor comprobará, se dice, lo ridículo de su miedo; las paredes le mostrarán sus cándidos tonos pastel, el techo será solo un techo y no habrá ninguna amenaza escondida a su alrededor. Pero en vez de la mesa de luz sus dedos tocan algo frío, escamoso, que se desliza, rápida y sigilosamente, huyendo de su contacto. Los dedos se retraen, forman un puño que sofoca el grito agazapado en su garganta. Todo su cuerpo es un latido, una ola roja que la aturde y, vencida de horror, se desmaya. Cuando abre los ojos otra vez, la claridad grisácea del amanecer exhibe la normalidad de la habitación. La araña, impávida, cuelga del techo como todos los días y, como todos los días, ve los viejos muebles a su alrededor; ningún indicio de que algo extraordinario haya sucedido, solo su rostro pálido y desencajado sobre el espejo. Rubén escucha, condescendiente, su deshilvanado relato. Le dice que debió soñarlo todo, que no hay otra explicación lógica; tal vez sería aconsejable una visita al médico, le vendría bien algún sedante si no quiee enfermarde puro agotamiento. Ella, poco convencida y a desgano, asiente, pero solo porque teme enfrentar opciones menos razonables. Ni el café ni las aspirinas le sirven, incapaces de suprimir la sensación de irrealidad que la acompaña todo el día. Las cosas a su alrededor, nítidamente definidas por la luz del sol, le resultan menos verdaderas que sus vivencias nocturnas y no puede concentrarse en números y porcentajes, atrapada aún por los recuerdos de las supuestas pesadillas. Malhumorada, contesta mal a sus compañeros, no acierta a balancear debes y haberes, el campanilleo del teléfono la lleva al borde del grito; desea, más que nunca, salir de la rutina intolerable. Casi no cena, y su mente divaga mientras aparenta escuchar los comentarios de Rubén. Después se queda viendo televisión, temerosa de lo que vendrá al acostarse. Desde la habitación Rubén la llama, le recuerda que deben levantarse temprano, que no se extrañe después si anda hecha una zombi. Al fin, rendida de cansancio, se va a la cama. Las sábanas de limpio aroma la reconfortan y, agotada, se duerme enseguida. Al despertar ya no está en su cama ni en su dormitorio. Sus pies descalzos pisan una alfombra blandamente repugnante, olorosa a humedad y materias en descomposición; en torno suyo se ciernen pesadas sombras, árboles agobiantes, serpentinas de lianas; sonidos animales se le acercan, fulgurantes ojos verde-amarillos la observan; víctima posible, sabe que su camisón blanco resalta sobre toda esa negrura informe, incitando el ataque. Cree sentir en el rostro un aliento fétido, sobre la carne temblorosa las garras afiladas, anticipa el zarpazo final. El grito tantas noches retenido estalla en su boca. A pesar de los esfuerzos de Rubén para calmarla, gritará por mucho tiempo, el cuerpo tiritante, los ojos ciegos, extraviada entre las sombras de la selva. Bajo la cama, una orquídea sedosa comienza a marchitarse.

lunes, octubre 11, 2010

El que espera

En un andén, entre otra gente sola alguien, desde hace mucho, espera. Mira una vez más los relojes inmóviles, suspira; de improviso, una sombra difusa le rueda por el rostro, se sobresalta. Nervioso, da vuelta sus bolsillos: busca una foto, un nombre, algo; sólo encuentra cientos de hojas de almanaques ya vencidos, mohosos o amarillentos. Resignado, descubre que ya no sabe qué o a quién estaba esperando. Entonces alza los hombros, mete las manos en los bolsillos ahora vacíos, y se aleja silbando.

domingo, septiembre 26, 2010

Una nueva antología

Compilada por Sergio Gaut vel Hartman, en la que aparece un cuento mío... Comparto la portada, ilustrada también esta vez por Carlos Nine. Lujos que a veces se dan y que siempre sorprenden... Igual que compartir espacio con escritores como Rogelio Ramos Signes, Patricia Suárez, Ana María Shua, Maria Rosa Lojo, Lucía Laragione, Gloria Pampillo, Fernando Sorrentino, Luisa Axpe, Alberto Chimal, el propio Sergio, y muchos otros que resultaría demasiado largo enumerar, tan talentosos como todos los ya mencionados.

sábado, septiembre 25, 2010

La bruja

Olía a rancio y siempre andaba murmurando letanías, muy convencida de que eso que mascullaba producía algún efecto en el mundo. Pero también decía que no iba a usar lo que sabía para dañar, ni para hacerse rica. Que le bastaba con vivir. Y ahí era cuando me convencía de que todo lo de sus poderes era pura macana. Si pudiera cambiar su existencia ¡cómo no iba a hacerlo! No tenía dónde caerse muerta, y apenas si puchereaba con los trabajos que, cada vez menos, le encargaban las vecinas. Como yo, nadie tenía demasiada confianza en la bruja, ni se la tomaba en serio. Eso sí, parecer, lo parecía; todo en ella hacía pensar en la típica imagen que, desde la niñez, produce repulsión en quien la ve. Por lo menos hasta que uno le encontraba los ojos. O mejor dicho, la mirada. Era una especie de milagro obsceno... ¿Qué hacían unos ojos así, anclados en esa cara devastada? ¿Cómo podían conservar semejante expresión, después de tantas décadas de ver podredumbre? Mi mujer, mucho más desesperada que creyente, recurrió a ella en busca del milagro que los médicos nos negaban. Yo, ni siquiera cuando, por fin y contra todos los pronósticos, quedó embarazada, le dí algún crédito a la vieja. Que se murió el mismo día en que nació Lucy. Pero ahora... ahora sí creo. Porque cuando miro a nuestra hija son aquellos mismos ojos increíbles los que me contemplan. Y podría jurar que les divierte lo que ven.

domingo, septiembre 12, 2010

Cajas chinas

En la hora inexplicable del crepúsculo las cosas pugnan por revelar su identidad secreta… Y así el árbol se asume nido y ala, y vuela y permanece al mismo tiempo, arropado de plumas y soñando pájaros. Y el camino se funde al fin con el horizonte, en la penumbra se vuelve principio y llegada, alfa y omega de la esperanza y sus pies febriles. Los grillos, borrachos de luna, crepitan, para iluminar de música la noche todavía frágil. Y en cada encrucijada la tierra, vestida de luciérnagas, se sueña cielo, multiplicando la cruz del Sur que ya se asoma, enjoyada y lejana, a contemplar la fiesta de la oscuridad desnuda. Donde se acuna el árbol y las hojas vuelan y el grillo palpita y las luciérnagas arden y el camino abraza las estrellas

miércoles, agosto 18, 2010

Los relojes

"Allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo". (Julio Cortázar. De "Instrucciones para dar cuerda al reloj") Eso dijo con su voz gangosa y honda, y su palabra, que llegaba como ignorando la ausencia final, me hizo pensar en los relojes. Los de él y los míos. Era diferente en su tiempo. Pese a la constancia que los caracteriza, teníamos cierto control sobre esos verdugos inmóviles y siempre despiertos; adrede, o por un oculto deseo de salvarnos que procreaba olvidos, evitábamos darles cuerda. Entonces, en un número de horas variable, pero que casi nunca pasaba de las veinticuatro, el silencio les llenaba el ojo único -de dimensiones y formas diversas- fatigando la rítmica gimnasia de sus bracitos escuálidos, inutilizando el arpón del segundero. Lográbamos, al menos por un rato, ignorar el paso de las horas. Nos ilusionábamos en el conjuro absurdo, como si pudiéramos hacerle, de verdad, gambetas a la muerte. Y los días recuperaban sus arcaicas señales. Descalza, la libertad acodada en las ventanas veía partir o llegar las golondrinas, la ronda lenta con que los árboles alzan, cada tanto, sus vegetales desnudeces, sus arrebatos florales. Ante la pregunta impertinente, se podía decir: es la hora en que el lucero le hace señales a la noche. O, tal vez, aquella en la que los pájaros juntan los escombros de la oscuridad para hacer un nido con ellos. Si pudiéramos asesinar los relojes perdurablemente, el tiempo enjaulado quebraría las cuadrículas, desbordaría los cauces…. Sobre sus aguas desbocadas cabalgarían barcos de papel, regresando de lejanas costas; los recuerdos perdidos encenderían velas para encontrar de nuevo el camino y, ya sin apuro, instalarían un bazar persa, colmado de alfombras voladoras y lámparas mágicas. O una feria trashumante de charlatanes, estafadores, magos y alquimistas. La muerte se perdería en los ecos infinitos de un salón de espejos, o en su propio y misterioso laberinto. Y las manos del tiempo serían más piadosas. En vez de sacarnos del escenario a empujones, quizás permitiría algunas reverencias y bises antes del obligado mutis por el foro; y podríamos partir con un sonido de aplausos resonando en los oídos, con ramos fragantes languideciendo sobre el pecho. Un lento fundirse en el paisaje, en vez del fatal golpe en la nuca. Pero los relojes han extendido sus dominios, se han vuelto autónomos. Nuestra breve cabriola sido sojuzgada, nuestros ardides y zancadillas abolidos. Su independencia refuerza nuestra impotente servidumbre; no hay olvido que impida su férrea tiranía. Se (y nos) alarman de continuo, marcando nuestras vidas: el momento del remedio (que lleva escondido en sí una presencia agorera), el de la domesticación, el del encajonamiento del cuerpo dentro del traje, siempre angosto, de la costumbre. Y sus chillidos desvelados desgarran el sueño, dejando atrás alguna maravilla que su realidad cuadriculada espanta. Hasta el momento del amor les pertenece. Que toma entonces un matiz de oficina pública, de trámite que hay que cumplir programadamente, con el mismo entusiasmo con el que vamos al dentista o a pagar un impuesto. Y siempre bajo su fosforescente mirada de cíclope, ladrona de minutos, que desgrana un rosario hecho con nuestras vidas. Atados a su noria, somos rehenes sin rescate, finalmente ejecutados. Y sólo podemos rogar por un eclipse duradero, algo que les seque para siempre el corazón que nos delata, el implacable pincel con que nos pinta un blanco sobre el costado izquierdo. Por eso, Julio, a vos, con tu tiempo ya desovillado por sus ecos, te pregunto ¿cómo no tenerles miedo? Imagen: La persistencia de la memoria (S. Dali)