"Pero no todo está dicho - dijo ella - porque las palabras son la sombra y la luz de las cosas, y las cosas no son, sino que van naciendo y siendo." A. Gorodischer. Kalpa Imperial. Libro II. El Imperio más vasto.
domingo, septiembre 09, 2007
Nuevo link
Acabo de añadir el blog (¡flamante!) de Fernando a los links de Mis amigos. Sí, porque además de ser mi hijo, creo que también somos eso, en parte por compartir chifladuras semejantes, pero también por muchas otras razones. Que sea una persona maravillosa es solo una de ellas. Creo que vale la pena visitarlo(bueno, eso con todos los linkeados, claro. Ahí puso dibujos que hizo para un cuento mío ("Lali dice"), inédito aún. Les adelanto uno de ellos. Que lo disfruten.
viernes, septiembre 07, 2007
ARIADNA II
Aquella mujer estaba sola. Pero llena de palabras. Tantas, que le reventaban las costuras del alma.
Las palabras querían nacer. Y empujaban, atropellándose en su garganta, trepándosele por la lengua, golpeándole los dientes.
Pero ella apretaba los labios y las tragaba de nuevo, encerrándolas en algún lugar del cuerpo por un tiempo más. No era fácil.
Furiosas, le arañaban los pulmones, le mordían el estómago, le clavaban las uñas en el costado izquierdo del pecho. Las sentía revolverse como un manojo de culebras. Arder como un montón de brasas. Pesar como racimos de guijarros.
Y en las noches, cuando el sueño la vencía, se deslizaban por su boca entreabierta, y volaban, polillas encendidas, buscando donde hacer nido.
A veces su revoloteo la incomodaba; entonces se agitaba, intranquila, sin llegar a despertar del todo. Las palabras fugitivas se quedaban muy quietas, aguardando...
Y cuando ella se entregaba de nuevo al sueño, que aflojaba las cerraduras de su boca, salían de puntillas, con pasos de duende; un hilo de oro, un rocío de estrellas que huía, veloz, por todas las rendijas de la casa.
La mujer no callaba por gusto. Pero le habían enseñado que solo los locos hablan solos. Y ella, que tan sola estaba, ¿a quién iba a hablarle?
No quería como compañera a la locura, esa vieja desgreñada y hostil.
Por eso apretaba los labios y soportaba las torturas inflingidas por las palabras prisioneras.
Volando sobre el tapiz de la noche, las palabras chispeaban sobre los techos dormidos, sobre las terrazas donde los gatos se amaban ruidosamente, sobre los charcos de luna estancada.
Buscaban, buscaban siempre, el oído dispuesto a recibirlas.
Una madrugada vieron aletear unas cortinas. Como esas banderas que usan los marinos para comunicarse, las llamaban, les hacían señas...
En remolino, la bandada giró sobre la casa, ese diente solitario en la boca oscura del campo.
Atropellándose, entraron por la ventana abierta.
Sobre la cama, un hombre dormía.
Curiosas, le miraron el perfil de niño viejo, el rostro indefenso.
Le acariciaron el pelo con ternura de madre y las manos con ansias de amante. Le rozaron los labios, temblando con su aliento. Luego, con suavidad, comenzaron a deslizarse en sus oídos.
El sueño del hombre se llenó de un paisaje desconocido, con una casa pequeña y blanca acurrucada al pie de unos cerros multicolores, junto a las ramas sedientas de un árbol agobiado de estrellas.
Y en la casa había una mujer.
Tenía los labios florecidos de palabras y, tras los ojos cerrados, una promesa de amor.
El hombre despertó rodeado de alas invisibles y susurros brillantes. Sentía una renovada tibieza en el pecho, junto al corazón, allí donde había guardado el rostro de la bella durmiente.
Y por un momento, creyó que un millar de luciérnagas había invadido el cuarto solitario.
Las palabras, desovillando su leve madeja de oro, le señalaron el horizonte, lo tomaron de las manos, le prestaron sus alas.
El hombre sonrió, lleno de su luz.
Luego, se puso en camino.
Amor de raíz y alas
Él está lejos. Y el amor y la distancia le duelen en todo el cuerpo.
De tanto nombrarla, a su voz le nacen alas. Y así el corazón se le vuelve pájaro.
Ella se muere de ausencia. En las noches cree oírlo, llamándola.
Pero el alba le devuelve la tristeza del lugar vacío sobre la cama en duelo.
Tal vez por tanto esperarlo, el alma se le vuelve raíz. La esperanza la llena de ramas, y en las ramas hay hojas. Como corazones verdes, suspiran en la brisa.
Voz y corazón alados vuelan sobre desiertos hambrientos, que tratan de deslumbrarlos con sus cristales de oro. Pero ellos ignoran sus brillos áridos, seguros de que ahí no hay nada que pueda calmar su sed de ella.
Mares de jade los llaman con voces de sirena y manos de espuma. Pero la roja flecha solo tiene oídos para la voz pequeña, casi inaudible, que tiembla más allá del horizonte.
Cruzan montañas que acunan hielos en sus cimas. Hielos que no saben de amores ni tristezas, hielos silenciosos, dormidos en un sueño de agua aún no nacida.
Cruzan bosques donde el musgo reina y selvas de orquídeas agobiantes.
Su sombra frágil tiembla sobre ciudades erizadas de hierros y cemento, sobre pueblos blancos, sobre techos rojos.
Escapando de águilas y halcones, agradecen la ayuda de los vientos compasivos que les son favorables.
Una mañana ella, entre lágrimas verdes, ve llegar un ave en llamas. No la reconoce hasta que oye su canto.
Porque el canto es su nombre..
Entonces alza las ramas llorosas, y todas sus hojas bailan para recibirlo.
Y el corazón, fatigado pero feliz, anida en ella.
jueves, septiembre 06, 2007
Fernando
Mi segundo hijo (por orden de aparición, solamente),ha hecho un dibujo que quiero compartir, porque me parece que vale la pena. Siempre me encanta su trabajo, y esta vez más aún, porque se inspiró a partir de mi cuento de la sombra. Creo que no me equivoco al elogiarlo, y que no es solo la chochera materna lo que motiva mi juicio. ¿No les parece muy bueno?
domingo, agosto 26, 2007
Y hablando de compañeros
Con emoción
voy a "colgar" ahora algo que un amigo y compañero de taller ha tenido la amabilidad de dedicarme, más allá de que merezca o no sus palabras. ¡Gracias, Andrés!
OLGA
Olga está escribiendo, nadie hable;
administra, recoge, talla y labra.
Escribe porque sí, porque es su cable,
o porque espera que al fin todo se abra.
Busca algo que está en la superficie
de su núcleo interior, de su carozo;
de un laberinto se sale sin destrozo,
aunque el hilo de Ariadna te acaricie.
Andrés Sobico
lunes, agosto 20, 2007
Corderos
Solitarios corderos cotidianos,
consumidos por absortas rebeldías
en oscuridades de neón y calles ciegas;
a pura pena recorren los atajos
y así llegan al infierno prometido,
al encuentro proverbial con los altares;
no serán detenidos los verdugos
por el árido vacío de sus ojos.
Desde el trono secular de la miseria
Herodes, sin pasión esta vez, los asesina.
Adecuaciones
A la luz la devoran por la espalda,
y llevada a rastras y en jirones,
ennegrece, se vuelve indiferente
como un cadáver viejo.
Pero una insiste, como los amaneceres
y su terca costumbre del retorno,
aunque sea difícil anclar en la palabra
que descifre los fieros jeroglíficos,
que huelle las huellas extraviadas...
Si Caín aún vuelve en cada aurora
a tomar el café con mediaslunas
en el bar miserable de una esquina.
Y centuriones clausuran las espaldas
con sus rosas de lacre,
y Caifás se arrodilla en los altares
a florecer perdones y amnistías.
Llueve a veces,
con la estéril piedad de los sollozos...
Dios no está en el ojo que se cierra
es un pobre silbido acobardado.
Sigo, con mis dolores sumergidos,
queriendo entender, pero no entiendo.
Y al final me visto la mirada
de vidrio inalterable y salgo,
a bastardear el alma en cada calle.
Mis hijos
domingo, agosto 19, 2007
Con este cuento
saqué una mención en el concurso organizado por el Ayuntamiento de Sallent, en España. Hace un tiempo recibí la antología donde figura junto a los demás premiados. Espero que a uds. también les guste...
PARA IR A JUGAR...
Vivir en una casa ruinosa por lo general deprime. Yo no soy la excepción, lo confieso.
Sin embargo, no deja de tener sus ventajas o, mejor dicho, sus compensaciones. Por ejemplo, esas manchas de humedad, o los hongos que extienden sus negruras sobre la pared (que alguna vez fue blanca). No, no se me asombren. Todo es cuestión de tener imaginación.
Eso salva.
Porque una empieza a ver otras cosas allí donde cualquier hijo de vecino no vería más que decadencia o, peor aún, desidia.
¿Qué veo? A ver… Un día me encuentro, por ejemplo, con una pastora que se hace arrumacos con su pastor, igualito que en las Églogas de Garcilaso (¿eran de Garcilaso, no?). Al día siguiente, gracias a un crecimiento fungoso inesperado, el pastor se ha vuelto caballero, con yelmo y todo, y la pastora está embarazada (sucede en las mejores familias), o quizás se transformó en bruja… o ambas cosas a la vez.
A veces veo astronautas, a veces demonios, a veces me encuentro con un jefe sioux y su tocado o una dama como la Pompadour.
Cuando me agarra el insomnio, la luz del televisor anima dragones en el techo, o caras que me miran con silencioso reproche, las muy turras, en lugar de agradecer mi poco interés en esos productos de limpieza que, quizás, podrían erradicar sus bocas mudas, sus ojos enjuiciadores. Y que tal vez, como por arte de magia, convertirían esta pocilga en una de las brillantes imágenes hogareñas con las que la publicidad nos bombardea todo el santo día. ¿Cómo harán esas señoras para tenerlo todo tan resplandeciente y verse, al mismo tiempo, tan arregladitas, tan monas, tan delgadas... Y tan chochas de la vida, vamos, como si la salvación de su alma dependiese del brillo de los azulejos o los artefactos sanitarios.
Pero ya me fui por las ramas. Les estaba diciendo que a mí ya no me molestan las manchas de los techos, ni las de las paredes. Al contrario.
Porque desde hace unos días descubrí que, justo en la pared del fondo de la cocina, ahí mismo donde tan lindo sería tener una ventana, ha aparecido una gran mancha rectangular.
Hasta a mi marido, que lo que se dice imaginativo mucho no es, le ha llamado la atención.
Pero él no ve más que un rectángulo, y lo único le asombra es que los hongos adopten una forma tan simétrica, tan precisa, tan parejita.
Yo, que quieren que les diga… yo, veo una puerta.
Y atrás de ella, un parque.
Con sol, árboles, un camino largo y verde. Lo único que todavía le falta a esa puerta es un picaporte o algo por el estilo.
Ya me veo apoyando la mano en él, ya lo siento girar bajo mis palmas, ya imagino el momento en que la puerta, sin más resistencias, ceda y se abra para mí.
Supongo que sólo será cuestión de tener un poco más de paciencia.
Y sigo esperando, la boca muda, los ojos bajos, el momento en que pueda de una vez por todas, cruzarla.
PARA IR A JUGAR...
Vivir en una casa ruinosa por lo general deprime. Yo no soy la excepción, lo confieso.
Sin embargo, no deja de tener sus ventajas o, mejor dicho, sus compensaciones. Por ejemplo, esas manchas de humedad, o los hongos que extienden sus negruras sobre la pared (que alguna vez fue blanca). No, no se me asombren. Todo es cuestión de tener imaginación.
Eso salva.
Porque una empieza a ver otras cosas allí donde cualquier hijo de vecino no vería más que decadencia o, peor aún, desidia.
¿Qué veo? A ver… Un día me encuentro, por ejemplo, con una pastora que se hace arrumacos con su pastor, igualito que en las Églogas de Garcilaso (¿eran de Garcilaso, no?). Al día siguiente, gracias a un crecimiento fungoso inesperado, el pastor se ha vuelto caballero, con yelmo y todo, y la pastora está embarazada (sucede en las mejores familias), o quizás se transformó en bruja… o ambas cosas a la vez.
A veces veo astronautas, a veces demonios, a veces me encuentro con un jefe sioux y su tocado o una dama como la Pompadour.
Cuando me agarra el insomnio, la luz del televisor anima dragones en el techo, o caras que me miran con silencioso reproche, las muy turras, en lugar de agradecer mi poco interés en esos productos de limpieza que, quizás, podrían erradicar sus bocas mudas, sus ojos enjuiciadores. Y que tal vez, como por arte de magia, convertirían esta pocilga en una de las brillantes imágenes hogareñas con las que la publicidad nos bombardea todo el santo día. ¿Cómo harán esas señoras para tenerlo todo tan resplandeciente y verse, al mismo tiempo, tan arregladitas, tan monas, tan delgadas... Y tan chochas de la vida, vamos, como si la salvación de su alma dependiese del brillo de los azulejos o los artefactos sanitarios.
Pero ya me fui por las ramas. Les estaba diciendo que a mí ya no me molestan las manchas de los techos, ni las de las paredes. Al contrario.
Porque desde hace unos días descubrí que, justo en la pared del fondo de la cocina, ahí mismo donde tan lindo sería tener una ventana, ha aparecido una gran mancha rectangular.
Hasta a mi marido, que lo que se dice imaginativo mucho no es, le ha llamado la atención.
Pero él no ve más que un rectángulo, y lo único le asombra es que los hongos adopten una forma tan simétrica, tan precisa, tan parejita.
Yo, que quieren que les diga… yo, veo una puerta.
Y atrás de ella, un parque.
Con sol, árboles, un camino largo y verde. Lo único que todavía le falta a esa puerta es un picaporte o algo por el estilo.
Ya me veo apoyando la mano en él, ya lo siento girar bajo mis palmas, ya imagino el momento en que la puerta, sin más resistencias, ceda y se abra para mí.
Supongo que sólo será cuestión de tener un poco más de paciencia.
Y sigo esperando, la boca muda, los ojos bajos, el momento en que pueda de una vez por todas, cruzarla.
viernes, agosto 17, 2007
Algo más sobre Los Niños del Mercosur
Parece que van a sacar mi cuento en una antología llamada El abrazo y otros cuentos... Por lo menos, es lo que me han dicho (y lo que he visto en el catálogo de la editorial Comunic-arte como de próxima publicación) ¡Qué bueno!
¡Cómo pasa el tiempo!
Acabo de darme cuenta de cuanto tiempo hacía que no me daba una vuelta por acá... Tanto, ¡que tuve que andar plumereando para sacar las telarañas virtuales!
Espero acordarme de pasar más seguido... aunque sea para seguir monologando. De todos modos, esto es un poco como tirar una botella al mar, en una de esas algún día me sorprendo con una respuesta venida de quién sabe dónde.
Mientras, trataré de mantener esto un poco más al día. Por las dudas. No sea que lleguen las visitas y encuentren los yuyos crecidos, bichos varios y polvo acumulado por todos los rincones. Ahora, con permiso, me voy a ver qué hago con esto hoy.
martes, mayo 01, 2007
Concurso Los niños del Mercosur
Tuve el alegrón de saber que obtuve una mención en el concurso de cuentos infantiles que organizó la editorial Comunic-arte, conocido como Los niños del Mercosur. Y lo comparto. ¿No es lindo hacerlo con cosas tan satisfactorias como ésta?
PENSAMIENTOS OCULTOS
Cuando un armario suelta sus pensamientos, la gente, en su mayoría, los confunde con polillas. Así el pobre armario no se atreve a abrir la boca, para que no lo indigesten con naftalina.Sólo de noche, a salvo en la tranquila oscuridad, se anima (a veces) a emitir algún rezongo crujiente y destemplado.
domingo, abril 29, 2007
CARICIAS PERDIDAS
A veces las caricias también vuelven, igual que las famosas golondrinas. Aletean con inexperiencia, pues eso de andar volando no es cosa de ellas. Sin embargo, es agradable sentir la brisa que levantan en su intento de ser mariposas. Solo hay que lamentar la fugaz consistencia de sus alas (tienen demasiado de recuerdo). Y que, además, las mate la ausencia.
martes, noviembre 28, 2006
DOS SUEÑOS DE MARIPOSA
PRIMER SUEÑO Una mariposa sueña que es un hombre llamado Chuang Tzu. Al despertar, aterrada, intenta olvidar su pesadilla. Pero es en vano. SEGUNDO SUEÑO Una mariposa sueña que es una mujer enferma, acostada boca arriba sobre un barco que se hunde. No entiende por qué la mujer está contenta, hasta que, después del horror del naufragio, se ve volar, brillante mariposa, hacia el sol.
domingo, octubre 22, 2006
SEPARACIÓN
Iba y venía con un andar histérico de gallina, sin hallarse a gusto en sitio alguno, buscando algo que de pronto le faltaba.
A su alrededor, todo era como debía ser, dadas las circunstancias; sólo ella se sentía extraña, fuera de sitio, en una soledad que ya no era compartida.
Porque estaba sola, a pesar de estar rodeada de gente. Como siempre.
Todos giraban a su alrededor, mariposas nocturnas, con sus ropas oscuras, sus rostros serios, sus condolencias que no le llegaban. Veía moverse sus bocas y adivinaba las palabras que caían, en secuencias de película muda, y se quedaban sobre el cuadriculado piso como minúsculos trozos de cristal. Inútil, todo inútil.
Por momentos intentaba recostarse en la silla, pronta a desvanecerse, presa de ese remolino humano que giraba alucinante, agotador, confuso.
Tenía la cabeza llena de preguntas sin respuesta: ¿cómo iba a seguir viviendo sin él? ¿qué iba a suceder con ella? ¿por qué no pudo evitar perderlo?
La masa ondulante pareció abrirse, como un mar hendido por la quilla de un barco invisible.
Levantó los ojos para ver a esa mujer avanzar hacia el cajón. La furia la sacudió.
¿Cómo se atrevía a acercarse siquiera? ¡Era culpa de ella, ella manejaba el auto cuando se estrellaron, ella...! ¡Maldita, maldita mujer! No, no le importaba que fuera su esposa, él siempre le había pertenecido a ella, la que había estado a su lado desde el principio, que había seguido sus pasos con una fidelidad de perro, sin que él pareciese siquiera darse cuenta de su existencia, de su amor incondicional.
¡Pero cómo se habría sorprendido si no la hubiese encontrado todos los días acurrucada junto a él, fundida a su existencia, tan parte de su vida! Tan acostumbrado a ella, aún en su indiferente aceptación de la sumisa compañía, que se hubiese sentido desnudo si ella lo hubiera abandonado alguna vez.
Sí, había sido mucho más suyo que de esa intrusa.
Esa, la que ahora lo había empujado tan lejos de sus brazos, al desconocido país del más allá, donde ni siquiera ella podía seguirlo.
Quiso gritar, abalanzarse sobre la rival, torbellino de odio ciego y desesperado, ahogarla con sus brazos de humo. Pero ya no tenía fuerzas.
¿Era esto el final? ¿Sería también el momento de su muerte?
Vacilante, se levantó, sintiéndose cada vez más inconsistente, un frío polar subiéndole desde los pies hacia la cabeza, como si un veneno implacable se distribuyese por todo su cuerpo, paralizándolo.
Salió a la calle dejando atrás a la gente, a la mujer que se lo había arrebatado, al turbio olor de las flores que también agonizaban, como ella y, resignada, se deshizo en la oscuridad nocturna, integrándose a ella, aceptando su destino.
¿Qué otra cosa puede hacer una sombra, cuando quien la proyecta ha muerto?
(Ilustración: "Separación", de Edward Munch)
De sombras
miércoles, octubre 18, 2006
AZAHARES
El viejo se incorpora en el lecho revuelto y agrio.
La noche, lagarto azul, se le había deslizado por encima y ahora, sentado en el borde hostil de la cama, deja avanzar la certidumbre del alba. Pequeños animales huesudos y hambrientos, sus pies parecen no querer soportar el peso de un nuevo día y las manos, laxas sobre las rodillas, tienen algo de súplica. Aún hay tierra bajo las uñas algo violáceas.
Amanece, y una algarabía de gorriones se cuela por la ventana. La respiración del hombre, entrecortada, es solo una dolorosa costumbre.
Con un suspiro se pone en pie y deja la habitación. Se detiene en el pasillo, titubea; luego, entra al baño. Los rituales cotidianos se le vuelven imprescindibles, madero al cual se aferra tras el naufragio.
Enfrenta su rostro con la cotidiana sorpresa de sentirlo ajeno, desconocido aunque familiar a la vez. Los ojos abren un abismo de oscuridades sobre la máscara diurna. Casi con ternura de madre pasa sus manos por el pelo blanco, por las mejillas resecas, pero el gesto misericordioso no aleja las preguntas.
Volver lo había regresado a la infancia. En la cocina de pisos carcomidos creyó ver una sombra, tan sepia como las fotos que imagina agazapadas en los cajones oscuros, tanto tiempo inviolados. Como si hubieran estado esperando su retorno.
Nunca había entendido.
Solo supo que una mañana la mano que olía a lejía y albahaca no lo había despertado como siempre, abriendo sus ojos al brillo del pesado medallón con la dulce cara de la Virgen.
Al bajar en busca del desayuno, solo halló vacío y silencio.
(Le parece verse como entonces, pequeño y delgado, perdido en una tierra de pronto desconocida.) Había sentido frío y miedo, y con esos dos mastines a los talones corrió hacia la sala.
Allí estaba su padre, la mirada extraviada en algún árido paisaje.
Tardó en encontrar el camino de regreso hacia el hijo. Luego lo estrechó, casi con crueldad, y el niño percibió los temblores de ese cuerpo para él inmenso. Lo sofocó una miasma de tabaco, vino, tierra húmeda y sudores agrios.
Con voz torpe, el hombre le habló de abandonos, de ingratitudes. Un odio sin destino embebía las palabras chirriantes, salidas a borbotones. El chico no pudo comprender entonces lo irremediable de la ausencia, pero lo aprendió en el sucederse de mañanas despobladas.
No hablaron nunca más de la mujer que los había traicionado. Pero su figura no dejaba de rondar los lugares del hábito: la veían en el movimiento de la ropa tendida, en el florecer insistente de sus rosas, en los mínimos gestos cotidianos que el vacío devoraba. Parecía sentarse a la mesa en cada comida, para mirar con ojos críticos los desvaídos esfuerzos del marido abandonado, el creciente desaliño de cosas y personas.
Terco, el hombre no quiso traer ayuda del pueblo; decía no necesitar a nadie que rondase su casa haciendo preguntas ni sintiendo lástima por ellos. Pero solía derrumbarse, ebrio, bajo el naranjo que había plantado poco después de aquel inaugurar soledades. El árbol se llenaba de azahares y frutos con una alegría acaso fuera de sitio, pero constante como el recuerdo.
Desde las fotos los ojos mediterráneos regresaban sin olvidos. Ambos sentían las miradas inmóviles desplegándose por la casa, como reclamando sus derechos, pero ninguno se decidió a guardarlas; el tiempo, haciéndose cargo, las amarilleaba lentamente.
A ellos los condenó a la monótona perseverancia de las cosechas, encorvándolos sobre los surcos que nunca producían demasiado; lunas y soles tejían sus rondas sobre las cabezas agobiadas, destiñendo una, oscureciendo otra.
No hablaban, contagiados acaso de la avara parquedad de la tierra; pero en la mirada acuosa del padre el muchacho revivía, a veces, aquel lejano abrazo de hierro en torno a su cuerpo. Desde aquel día evitaba tocarlo, como si en su piel percibiese el aroma de otra largamente añorada.
Una mañana cualquiera había salido de la casa para caer crucificado al pie del naranjo que lo cubrió, compasivo, de perfumada blancura. El hijo sólo pudo cerrarle los ojos, obstinadamente fijos en el árbol y en algún antiguo espanto.
Después del entierro se fue. A solas, ya no podía soportar el silencio.
Tiempo después conoció a Livia, y con ella la pasión y la ternura. Los hijos redondearon una felicidad modesta y confortable. Juntos envejecieron.
Después, también ella lo dejó sin explicaciones. Sin su mujer todo se le volvió ajeno; los hijos, ya adultos, vivían sus vidas y no llenaban la suya. Entonces pensó en la casa, en regresar a sus raíces.
El campo se había transformado en un yuyal hirsuto y en el jardín las rosas agonizaban; harto de ausencia, el naranjo se alzaba seco y desnudo; mirándolo todo, el hombre levantó espejismos, soñó reconstrucciones.
En el pueblo inmóvil como una fotografía había comprado otro naranjo; esperaba verlo florecer con la misma constancia dulce y rotunda del primero, su aroma esparciéndose sobre la zozobra de la casa y el hombre. El árbol era promesa, era esperanza.
Con vigor antiguo había hundido la pala en la tierra endurecida. El tronco seco resistió, como si manos invisibles lo sujetasen a la tierra. Pero el viejo estaba resuelto. Sentía con vago placer el sudor reptándole por el cuello, abriendo caminos sobre su cuerpo enjuto.
Dos obstinaciones se enfrentaban, la del árbol muerto y la de su deseo absurdo. Por fin, a regañadientes, las raíces alzadas hacia el silencio del cielo, el naranjo cayó.
Debajo, abriendo los terrones como un cuchillo, amarilleaba un esqueleto.
Huesos antiguos, como azahares marchitos entre jirones de tela podrida.
Tembloroso, con manos que parecían no pertenecerle, el viejo había sacado los despojos, acomodando el pálido rompecabezas al borde del pozo.
Casi fundido a la tierra encontró el medallón. Aquel que se había balanceado ante sus ojos en otro tiempo, otro mundo, otra vida...
Gritó, aulló, sollozó en agonía, acunando su desamparo, hasta quedar él también como crucificado sobre la tierra, deseando la muerte o la locura, la piedad de los azahares inexistentes, el olvido.
Cuando pudo levantarse el cielo se abrumaba de estrellas. A tropezones llegó a la cama, cayendo sobre ella con pesadez de cadáver.
Ahora, en el amanecer implacable, el viejo rumia angustia, vacío de sueños. Con dedos torpes abrocha la camisa que hoy le resulta áspera; lucha, en vano, contra el peso terrible que le encorva los hombros.
Después sale a la reluciente inocencia de la mañana, para siempre fuera de ella.
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