Entró en la cueva, seguro de haberla visto deslizarse en ella.
Había perdido la cuenta de las veces en que creyó haberla atrapado.
Un engaño, por supuesto. El oro de su hallazgo pronto revelaba su alma de arena y, proverbial, se le escurría entre los dedos.
Ahora, casi al final de su vida, no podía equivocarse.
La sombra difusamente entrevista debía ser lo que buscaba. Él tenía que ver el rostro enceguecedor antes del final.
Un indeciso resplandor iluminaba la caverna.
Y ella estaba allí.
Para verla al fin en toda su gloria, la enfrentó.
Y entonces lo descubrió: la Verdad era una Gorgona de múltiples cabezas.
Y su mirada, decididamente fatal
"Pero no todo está dicho - dijo ella - porque las palabras son la sombra y la luz de las cosas, y las cosas no son, sino que van naciendo y siendo." A. Gorodischer. Kalpa Imperial. Libro II. El Imperio más vasto.
miércoles, junio 25, 2008
Iluminación mortal
Entró en la cueva, seguro de haberla visto deslizarse en ella.
Había perdido la cuenta de las veces en que creyó haberla atrapado.
Un engaño, por supuesto. El oro de su hallazgo pronto revelaba su alma de arena y, proverbial, se le escurría entre los dedos.
Ahora, casi al final de su vida, no podía equivocarse.
La sombra difusamente entrevista debía ser lo que buscaba. Él tenía que ver el rostro enceguecedor antes del final.
Un indeciso resplandor iluminaba la caverna.
Y ella estaba allí.
Para verla al fin en toda su gloria, la enfrentó.
Y entonces lo descubrió: la Verdad era una Gorgona de múltiples cabezas.
Y su mirada, decididamente fatal
Extinción
Firmó la sentencia sin pensar en las consecuencias de un acto que, por repetido, ya le resultaba banal.
El condenado, absorto en terminar su obra y aprovechar así el extravagante milagro concedido, tampoco lo hizo.
Pero el 29 de marzo de 1939, a las nueve y dos minutos de la mañana, no solo dejó de existir Jaromir Hladik, sino también Rothe, los soldados, el sargento... hasta la abeja y la gota de lluvia, cuando Borges, el bibliotecario ciego, estampó la palabra final de su cuento.
lunes, junio 23, 2008
Romance de estación
Ella lo observa con timidez infantil. Él devuelve la mirada con ojos de niño.
Ella señala el bolso que él acuna, del mismo color que su carterita. Sorprendidos por la coincidencia, ríen. Y atrás quedan el rugir del cañón, los trenes esperados en vano, los andenes solitarios.
-¿Cómo te llamas? –pregunta Penélope.
-Matías –responde él, tomándola de la mano.
Ya enamorados, salen a la primavera de Paso del Rey.
Joan Manuel y Víctor, curiosamente más jóvenes que sus hijos, siguen componiendo nuevas canciones, y ni cuenta se dan de su partida.
Mujer soñada
Contempla los hielos. ¿Cuántas veces los ha recorrido? Ya pierde la cuenta.
Siempre buscándola, siempre sin éxito.
De pronto, los motores callan, el hidroavión pierde altura, cae. Hay gritos, plegarias, llantos... El hombre murmura
—¿Esto es todo, entonces? ¿Moriré sin hallarla?
Recuerda el implacable azul de sus ojos, la voz que en sueños lo llama, arrastrándolo una y otra vez hacia esas tierras feroces.
La nave se estrella.
Silencio.
Oscuridad.
Cuando Amundsen despierta, ella, la soñada, lo está abrazando:
—¡Por fin llegaste, amor! —susurra la Reina de las Nieves, y lo besa largamente.
Bienvenida
-Dentre, aparcero ¿Un mate? Salen medio salaos... Tanto lo yoró la paisanada, que toda el agua ha quedaú así. ¿Anda medio perdido, no?
-Sí, no sé, yo estaba en Rosario... y de pronto... aparezco acá. ¿Lo conozco, no?
-Inodoro Pereyra, pa’ servirle. Corráse, Mendieta, pa que se siente don Roberto. Es nuestro tata, y se va a quedar con nosotros, ¿sabe? Para siempre. Cuando la gente se dé cuenta, les va a volver la alegría... el olfato me dice que les hace falta...
-¡Y a semejante nariz... habrá que creerle! ¡Qué lo parió!
De Sevilla a Boston
Se enamoró y está dispuesta a todo con tal que él también la ame.
Aunque tenga que romper con su padre para siempre. Porque Don Gustavo nunca le perdonará un cambio tan radical, está segura.
No le importa.
Al viejo le quedan sus hermanas, esas bobaliconas que siguen haciéndole caso. Cursis. Anticuadas. Mojigatas.
La onda, ahora, es otra.
Dark, gótica, tenebrosa, fatal.
Decidida, la golondrina abandona el nido, el balcón, el romanticismo...
Y, repitiendo “Never more, never more”, vuela hacia el Cuervo.
martes, junio 10, 2008
Microficciones
He subido un par de las microficciones con las que participo en el blog Químicamente Impuro, un hervidero de creaciones, mínimas solo en extensión. El desafío es escribir algo más o menos coherente, uniendo personajes de ficción y seres reales, sin exceder las 100 palabras. ¡No saben lo que nos estamos divirtiendo al hacerlo! Seguramente, aparecerán otras por acá y por allá. Y les aseguro que vale la pena que le hagan una visita...
En la ecológica Albión
El leñador alza el hacha, listo para despanzurrar a la fiera. Un grito lo detiene:
-¡Alto, monstruo criminal y deforestador!
Unos sujetos de verde, con pancartas de Greenpeace, salen de atrás de los árboles y rescatan al lobo, que los mira con ojos húmedos de agradecimiento.
El guardabosque demanda:
- ¿Tiene permiso de portación de hacha? ¿No sabe que lobos y zorros son especies protegidas? Mire, tome la multa y lárguese. Y dígale a ese Perrault que deje de mandarnos mocosos subversivos... Aquí en Sherwood, ¡nunca ondeará una caperuza roja!
JUICIO LITERARIO
-¡Su Señoría! Mi defendido, Monsieur de Hamelin, niega toda relación con el criminal. Los pequeños que él desapareció están a salvo en el Reino de la Fantasía...
-¡No, no, es su culpa! ¡Mi niñera siempre me leía ese horrible cuento! También empecé con ratas, después... ¡sólo seguí sus pasos! ¡Cualquier psicólogo se lo puede decir!- patalea Gilles de Rais.
-¡Pamplinas! ¡Que les corten la cabeza! – ruge la Reina de Corazones.
Inocente o no, con el dolor de cabeza que tiene, ¡ya no soporta más la maldita musiquita del flautista
domingo, abril 20, 2008
COMPETENCIA
Cuando me llamaron para entrenar a Robi, yo no tenía idea de que era... como es. Pero los padres querían que estuviera de diez para la competencia.
¡Pucha, el tiempo que perdí con el mocoso! Para que, a la final, mostrara la hilacha. Mi vieja decía que uno puede llevar el caballo hasta el agua, no obligarlo a beber... ¡Y qué razón tenía!
El día de la carrera se había juntado bastante público... Familiares, la mayoría. Y unos cuantos de los que organizan estas cosas para “los de capacidades diferentes”, como dicen ahora.
Ahí estaba Robi, en medio de todos los otros. Unos cuantos noteros circulaban entre los rostros repetidos, las manos ansiosas, los cuerpos sin gracia. Buscando material para el momento “tierno” del noticiero copiaban, falsificándolas, las sonrisas luminosas. ¡Habrán suspirado con alivio cuando por el altavoz anunciaron que era hora de empezar la carrera!
Un pitazo, y ahí salieron los monos, bamboleantes, risueños, saludando a la familia como si ya hubieran ganado. Robi venía bien, le había machacado hasta el cansancio lo importante que era ser el primero, ganar, ganarle a todos...
Si no hubiera sido por un infeliz que se planchó a metros de la cinta de llegada...
Fue como si al pelotón completo le hubieran ordenado detenerse, pegar la vuelta, levantarlo, limpiarle las rodillas, consolarlo... ¡Olvidados de la carrera por completo!
También Robi, perdiendo su oportunidad de ser un ganador en algo...
Y para colmo, cuando el caído volvió a sonreír como si fuera inevitable, todos, de la mano, del bracete, enfilaron para la meta y entraron juntos, pegados como siameses.
Alguien, algún otro estúpido seguro, aplaudió. Al rato cientos de palmas festejaban la ocurrencia. Y tuve que imitarlas, no iba a quedar pagando.
Ahí se quedó la copa, no sé para quién, porque no hubo modo de saber quién había ganado.
viernes, abril 11, 2008
PACIENTE AMOR
Estaban cerca, pero era como si entre ellos mediaran dos océanos, en vez de ese trozo de muro que los contenía y separaba a la vez.
Ella, a la izquierda.
Él, a la derecha.
Los dos, cautivos.
Medallones de perfiles enfrentados, ojos tendidos hacia el otro, hilvanando un puente de aire y de deseo año tras año.
Inmunes al gris de los inviernos, fríamente calmos en el sopor de los veranos, la eterna distancia los ennegrecía de penas y tiempo. En los días de lluvia, sus labios conocían, sin saberlo, el sabor del llanto que sus ojos ciegos no podían llorar.
Debajo, las persianas se abrían al abrazo del sol, para cerrarse como ojos de vírgenes prudentes cuando llegaba la noche, ebria de luna o de oscuridades.
Debajo, personas desconocidas deshilachaban sus pequeños dramas y miserias, se amaban amasando rutina y esperanza, desandaban pasillos y alegrías.
Arriba, los separados amantes nada sabían de ese latir ajeno.
Ella, plácida sibila, discurría sueños imprecisos, mientras el tiempo resbalaba sobre su perfil de camafeo.
Él, guerrero que nunca conoció Troyas ni Espartas, amo y esclavo de aquel mirar lejano, tramaba rescates imposibles, e imploraba la piedad de viejos dioses olvidados.
La casa, abajo, envejecía más que ellos, ajena a su romance sin voces.
Demasiadas veces habían rechinado sus puertas.
Demasiados soles cegado las ventanas (siempre sordas al susurro de la noche).
Los pasillos agotaron los pasos innumerables; los cuartos se vaciaron de presencias, de trabajos, de llantos y de risas...
Demasiadas vidas habían dejado sus rastros húmedos sobre las paredes, su oscuridad en los rincones, y cientos de grietas invisibles ocultaban secretos pequeños y dañinos como termitas.
Y ellos, que habían ignorado sus raíces, un día las sintieron estremecerse, heridas de muerte...
Ella hubiese querido gritar el nombre amado (que no conocía). Pero sus labios siguieron sellados.
Él ansió estrecharla contra su pecho. Pero no tenía brazos con los cuales protegerla.
Sólo pudieron mirarse con tristeza, mientras los picos se clavaban en la carne vencida de la casa.
Luego, con un estruendo polvoriento, se sintieron caer. Y una niebla áspera los envolvió.
“Amada”, pensó el guerrero, con hondo dolor sin lágrimas.
“Amado”, pensó la doncella, con la misma angustia.
Los picos quebraron el muro, separándolos.
Cada uno en su fragmento, libre.
Y también solos, por primera vez.
El cielo giró encima de ellos, mareándolos con sus aves, sus nubes, sus cambiantes colores. Aturdidos de estrellas, vieron asomar el alba, repentina y cierta como su separación.
Manos oscuras llegaron luego, para arrojarlos dentro de un recipiente junto con los otros restos de la casa.
Y así fue que la mirada de ella, ahora sin distancias, encontró la de él.
Frente a frente, sus ojos se dijeron las palabras mínimas y espléndidas que siempre reinventa el amor.
Y los viejos dioses, compasivos al fin, sonrieron mientras ellos se unían en un tardío, largo beso... El único, el primero.
JAVIER EN EL BOSQUE
Esto, en su primera versión, lo escribí en el 2004, y surgió de un intercambio entre los dibujos realizados por los alumnos del curso de ilustración que dictaba Itsvanch en el Museo de la Cárcova y los participantes del taller de Graciela Repún, entre los que me cuento aún ahora. Ellos nos dieron trabajos suyos, nosotros escribímos lo que nos sugirieron, y viceversa. Fue una experiencia muy linda, que permitió sacar a pasear la creatividad de cada quien. Me voy a permitir incluir la imagen que dio lugar al texto original (éste tiene ya varios "repasos", quiero creer que para mejorarlo), cuya autora es la ilustradora Virginia Piñón.
Javier quiere salir del bosque.
¡Es tan oscuro, frío, solitario...! Y esos árboles, que parecen estrechar sus troncos adustos, entrelazándose como enormes boas pardas, como monstruos ciegos, empeñados en mantenerlo prisionero...
Necesita salir de allí, y sus ojos buscan alguna ayuda... Tal vez un rayo de sol atrevido que perfore tanta oscuridad, un pájaro que lance la flecha de su canto hacia el horizonte invisible, o una mano que lo guíe, como las migas de Hansel y Gretel, hacia la salida.
Pero no hay sol, ni pájaro, ni mano alguna que venga a rescatarlo.
Está solo.
¿Qué será de él cuándo llegue la noche?
¿Vendrán lobos de ojos en llamas y dientes impiadosos? ¿Brujas con calderos? ¿Monstruos imposibles de imaginar?
Javier tiembla. Contagiado, también el suelo se estremece.
Si tuviera voz para gritar, Javier lo haría. Pero el miedo le aferra la garganta y estrangula el grito.
Cuando el movimiento cesa, sobre el suelo musgoso se ha abierto un hueco.
¿Puede ser la señal que espera? ¿Debe acercarse? ¿O será mejor permanecer junto a los sombríos troncos, dejándose ganar por la ilusión del sueño, hasta que lleguen la noche, los lobos, los engendros que acechan en las sombras?
No, se dice Javier. ¡No! ¡Es preferible correr el riesgo!
Sin pensarlo más, se lanza de cabeza hacia la grieta, que lo engulle como una boca ávida.
Y aunque las raíces del bosque se arquean y silban como culebras furiosas, no pueden atraparlo. Se desliza como un pez por el túnel imprevisto.
A su paso, las lombrices asustadas contraen el hilo rojo de sus cuerpos. Y en un desconcierto de patas, élitros y antenas, huyen cientos de bichos invisibles.
Un aroma a tierra recién llovida invade su nariz, mientras sigue su viaje entre centelleos y opacidades que su miedo no le permite ver.
Por fin, mareado, tembloroso, sin saber cuánto tiempo lleva ya en ese caer incierto, se atreve a abrir los ojos.
Allá, al fondo del túnel, la luz dibuja una margarita que abre sus pétalos para recibirlo.
Javier sale de la grieta, se pone en pie, observa el mundo que se curva a su alrededor...
Y ya sin miedo abre sus alas y vuela, como un pájaro, hacia el fulgor del horizonte.
Javier quiere salir del bosque.
¡Es tan oscuro, frío, solitario...! Y esos árboles, que parecen estrechar sus troncos adustos, entrelazándose como enormes boas pardas, como monstruos ciegos, empeñados en mantenerlo prisionero...
Necesita salir de allí, y sus ojos buscan alguna ayuda... Tal vez un rayo de sol atrevido que perfore tanta oscuridad, un pájaro que lance la flecha de su canto hacia el horizonte invisible, o una mano que lo guíe, como las migas de Hansel y Gretel, hacia la salida.
Pero no hay sol, ni pájaro, ni mano alguna que venga a rescatarlo.
Está solo.
¿Qué será de él cuándo llegue la noche?
¿Vendrán lobos de ojos en llamas y dientes impiadosos? ¿Brujas con calderos? ¿Monstruos imposibles de imaginar?
Javier tiembla. Contagiado, también el suelo se estremece.
Si tuviera voz para gritar, Javier lo haría. Pero el miedo le aferra la garganta y estrangula el grito.
Cuando el movimiento cesa, sobre el suelo musgoso se ha abierto un hueco.
¿Puede ser la señal que espera? ¿Debe acercarse? ¿O será mejor permanecer junto a los sombríos troncos, dejándose ganar por la ilusión del sueño, hasta que lleguen la noche, los lobos, los engendros que acechan en las sombras?
No, se dice Javier. ¡No! ¡Es preferible correr el riesgo!
Sin pensarlo más, se lanza de cabeza hacia la grieta, que lo engulle como una boca ávida.
Y aunque las raíces del bosque se arquean y silban como culebras furiosas, no pueden atraparlo. Se desliza como un pez por el túnel imprevisto.
A su paso, las lombrices asustadas contraen el hilo rojo de sus cuerpos. Y en un desconcierto de patas, élitros y antenas, huyen cientos de bichos invisibles.
Un aroma a tierra recién llovida invade su nariz, mientras sigue su viaje entre centelleos y opacidades que su miedo no le permite ver.
Por fin, mareado, tembloroso, sin saber cuánto tiempo lleva ya en ese caer incierto, se atreve a abrir los ojos.
Allá, al fondo del túnel, la luz dibuja una margarita que abre sus pétalos para recibirlo.
Javier sale de la grieta, se pone en pie, observa el mundo que se curva a su alrededor...
Y ya sin miedo abre sus alas y vuela, como un pájaro, hacia el fulgor del horizonte.
lunes, marzo 24, 2008
¡Felices Pascuas!
¡Uff, otra vez he dejado pasar un montón de tiempo sin aparecer por estos lares! Quisiera decir que no volveré a hacerlo, pero seguramente no podré evitarlo, por aquello de la fugacidad del tiempo y por cómo se escapa sin que una casi se dé cuenta... ¡hasta que mira el almanaque y empieza a preguntarse qué ha pasado con los meses que se han volado de él! De todos modos, hoy he venido a desempolvar un poco las estanterías, aprovechando la ocasión pascual y mis ganas de desearles a todos que lo pasen muy bien junto a los suyos... Un abrazo
viernes, enero 18, 2008
AMORES IMPOSIBLES
El Refrigerador, sin tomar en cuenta las notorias diferencias que median entre ambos, se ha enamorado de la Cocina.
Ella, achaparrada, morena, ardiente por naturaleza, lo mira con sus cuatro ojos abrasadores, y es fácil percibir el cálido sentimiento que esconde en su interior, en ese corazón volcánico listo para encenderse ante la menor provocación.
A él, tan alto, tan pálido, tan glacialmente serio, le cuesta revelar lo que siente. Solo de vez en cuando deja ver su luminoso yo interior. Enseguida el deber se impone y recuerda que no puede permitirse tales efusiones, volviendo a cerrarse. Tras su habitual reserva conserva un alma fresca, en la que conviven esperanzas color lechuga, materia sometida al más helado imperio, una láctea pureza monástica, un sinfín de coloridos y fragantes elementos...
De tanto pensar en ella, ya ha tenido dos cortocircuitos. La familia ha sido advertida que, de repetirse esta situación, no hay garantía alguna de que logre sobrevivir a un tercero.
Pero él no puede evitar lo que siente. Aunque hasta la pequeña Lata de Paté entienda que ese romance no tiene futuro alguno.
Como la musical Carmen, pero sin un Bizet que la inmortalice, la provocativa gitana doméstica acabaría por arruinar al ascético objeto de sus amores si llegaran a unirse alguna vez. Anulado por su abrazo, él no solo perdería identidad, sino también el trabajo que es la razón de su existencia. Incapaz de cumplirlo eficientemente, pronto habría otro ocupando su lugar. No solo en el ámbito hogareño, sino también en el afecto de la coqueta.
Aunque tal vez esto suceda de todos modos.
Según murmuran ollas y sartenes, que son quienes mejor la conocen, la muy voluble ya le está haciendo guiños entusiastas al sustituto del Viejo Calefón, el recién instalado Don Termotanque Esplendoroso.
domingo, diciembre 30, 2007
Brindo
Por un 2008 amable con nuestros sueños, por un mundo menos volcado hacia las tinieblas, por un mayor respeto hacia lo otro y lo diverso, la vida y la naturaleza, por recuperar esperanzas, ideales y los valores asociados a la palabra humano, y por tener el coraje de practicarlos cada día un poco más... ¡Feliz 2008!
Deseos
La lombriz se asomó entre la tierra húmeda., olorosa aún a lluvia.
Miró hacia arriba.
En el cielo, una nube oscura se retorcía en el viento, lombriz de humo presa en un anzuelo invisible.
-¡Lindo sería tener alas! – pensó la que nunca había dejado el suelo.
-¡Lindo sería tener anclas! – suspiró la nube maltratada, antes de deshacerse.
domingo, diciembre 23, 2007
SUEÑOS
“...te estableces en mi corazón y allí fundas tu / casa / de guacamayos blancos, viento y sal...” (Almudena Guzmán)
Yo soñaba guacamayos. Con alas enjoyadas, con penachos blancos, con picos de lacre, con garras de madera fina.
Yo soñaba casas repletas de cantos y latidos. Casas abiertas a todos los puntos cardinales, como los corazones nuevos lo están a todas las esperanzas. Casas donde los vientos hallasen cobijo pero no cerraduras, ni postigos cerrados, ni cadenas.
Yo soñaba mares de profundo jade, cerrazones azules, soles de alabastro, enjambres de estrellas tintineantes, gaviotas de ensordecedora espuma, arenas que se pudieran sembrar con huellas de enamorados...
Yo soñaba.
Ahora desperté.
Y mi canción se vuelve aullido, y la realidad aturde con su redoble.
Mi corazón ardido se apaga y, con un último siseo de agonía, enmudece.
(Imagen: The Rocker, por Ferjo, tomada de Internet)
jueves, diciembre 13, 2007
JORNADA
Pensó en los peligros del camino y tuvo ganas de volverse, pero los que venían detrás empujaban, así que siguió caminando.
Muchas cabezas caían, aleatoriamente cercenadas por cuchillas invisibles. La silueta del verdugo ominaba todo el horizonte.
Sin ocurrírsele que era inútil perder tiempo en eso, se formuló algunas preguntas; no halló respuestas confortables y siguió caminando.
Acongojado, intentó comunicarse con sus compañeros de viaje; descubrió pronto que todos hablaban un idioma distinto, aunque al principio los sonidos parecieran familiares.
Entonces, en silencio, siguió caminando.
Más tarde, elegantes monstruos de pulidos modales hurgaron en él –y en los otros- con sus ácidas, impiadosas lenguas, más y más adentro, hasta calcinar el corazón inerme.
Ahora ya sin preguntas, sin titubeos, vacío, maloliente, integrado, solo espera la bendición de las cuchillas, y sigue caminando.
(Pintura de André Langer tomada de internet)
sábado, diciembre 01, 2007
Último día perfecto sobre la tierra...
Miro el atardecer y, como siempre, me emociono con sus colores inasibles. Hoy, quizás más que nunca, porque sé que ya no habrá muchos más por delante. Para nadie.
La verdad no ha salido aún de los círculos de poder, ni creo que salga hasta que resulte implacablemente obvia.
¿Qué pueden decir los gobernantes? ¿Que ya no existirá ese futuro que tantas veces prometieron en vano? Sin la mísera ilusión del porvenir... ¡bien saben qué cabezas rodarán primero! Y así, aunque no haya escape, no quieren apresurar el tránsito. Por lo tanto, callan.
Al descubrir lo que estaba pasando creímos en alguna clase de error monstruoso, pero al consultar con colegas de todo el mundo encontramos en ellos nuestro mismo desconcierto y la misma evidencia contundente: el fin del mundo ha llegado.
¡Claro que sabíamos que eso iba a suceder! Había tantas opciones en la baraja: en primer lugar, nosotros mismos y nuestra desaprensión suicida, o tal vez un meteoro, alguna otra colisión casi impensable, o un cambio cualquiera en la inclinación del eje… ¡Oh, sí, el final tantas veces anunciado acabaría por llegar, de un modo u otro!
Pero no tanto tiempo antes, casi sin aviso, más allá de de toda suposición racional.
Pronto ya no existirán más estas nubes perezosas, ni el azul de un cielo que creímos eterno. Ni los océanos sublevados, ni esta brisa áspera que el mar arroja sobre mi rostro. Todo se perderá. Y nosotros, los parásitos, duraremos menos aún.
He dejado el observatorio. ¿Qué sentido tienen los cálculos desesperados cuando toda esperanza se revela estéril? No encontraremos una salida, no hay dónde ir, dónde ocultarse. ¿Para qué seguir oyendo los gritos que suplican soluciones mágicas?
Si algo de todo lo que hemos invertido en matarnos los unos a los otros, cada vez con más eficacia y rapidez, lo hubiésemos empleado en buscar planetas habitables, o en construir una nueva arca de Noé, tal vez un soplo, un átomo, un poco de nuestra esencia sobreviviría.
Pero no, no lo hicimos. Y un éxito atroz corona nuestra carrera: lo hemos logrado, por fin lo hemos logrado. Todos moriremos, rápida y eficientemente, cuando la furia del final nos alcance.
He regresado a casa, el lugar que me vio crecer.
Ya soy vieja y estoy muy cansada. No siento pena por mí, pero sí por lo que, pese a sus errores y horrores, la humanidad creó través de los siglos: el arte, los libros, la música… Todo se perderá, sin rastro alguno.
Y las lágrimas corren por mi rostro.
Lloro por los niños que nunca tendrán la oportunidad de crecer y equivocarse, por todas las alas detenidas, por todas las voces silenciadas, por la dolorosa belleza de este mundo condenado a desaparecer.
Más allá del ventanal completamente abierto se mece el océano; unas gaviotas sobrevuelan las crestas espumosas, giran, se alzan, descienden, en un baile tan antiguo como las olas.
La habitación está llena del sonido del agua, de los gritos punzantes de las aves, de la luz milagrosa del poniente.
Me gusta ver atardecer, mirar con los ojos entrecerrados el rostro del sol y no descubrir aún el ceño fruncido de la muerte. El paisaje es una gloria que resplandece y se duplica sobre el agua; las nubes, ahora desflecadas y violáceas, frágiles, acarician el horizonte. Una vela lejana lo fracciona.
Mañana, pasado, dentro de una semana, no sé, me sentaré en ese sillón de la galería; escucharé a Bach o a Pachelbel y me dejaré inundar por la misma tristeza premonitoria que siempre me ha provocado su música.
Beberé un vaso de agua muy fría como si fuera el licor más exquisito, tragaré determinada cantidad de pastillas.
Tal vez lamente no haber fumado nunca, supongo que podría ser un buen momento para un cigarrillo.
Y antes de dormirme, veré atardecer el último día perfecto sobre la tierra.
viernes, noviembre 30, 2007
UN ORGULLO ENORME
Es lo que siento, pues en los primeros días de diciembre saldrá a la venta la antología Grageas.Cuentos breves de todo el mundo, de la colección Desde la gente, donde no solo tengo la alegría de que figure un cuentito mío, sino también la de compartir espacio con muchísima gente talentosísima, varios de ellos objeto de mi admiración durante el tiempo en que solo era una lectora ávida y ni soñaba con algo como esto. Y como si eso fuera poco, la tapa (que reproduzco) ilustrada por un artista como Nine... ¿se habrá adelantado Navidad? Porque me parece que mi regalo... ya lo recibí.
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