domingo, septiembre 26, 2010

Una nueva antología

Compilada por Sergio Gaut vel Hartman, en la que aparece un cuento mío... Comparto la portada, ilustrada también esta vez por Carlos Nine. Lujos que a veces se dan y que siempre sorprenden... Igual que compartir espacio con escritores como Rogelio Ramos Signes, Patricia Suárez, Ana María Shua, Maria Rosa Lojo, Lucía Laragione, Gloria Pampillo, Fernando Sorrentino, Luisa Axpe, Alberto Chimal, el propio Sergio, y muchos otros que resultaría demasiado largo enumerar, tan talentosos como todos los ya mencionados.

sábado, septiembre 25, 2010

La bruja

Olía a rancio y siempre andaba murmurando letanías, muy convencida de que eso que mascullaba producía algún efecto en el mundo. Pero también decía que no iba a usar lo que sabía para dañar, ni para hacerse rica. Que le bastaba con vivir. Y ahí era cuando me convencía de que todo lo de sus poderes era pura macana. Si pudiera cambiar su existencia ¡cómo no iba a hacerlo! No tenía dónde caerse muerta, y apenas si puchereaba con los trabajos que, cada vez menos, le encargaban las vecinas. Como yo, nadie tenía demasiada confianza en la bruja, ni se la tomaba en serio. Eso sí, parecer, lo parecía; todo en ella hacía pensar en la típica imagen que, desde la niñez, produce repulsión en quien la ve. Por lo menos hasta que uno le encontraba los ojos. O mejor dicho, la mirada. Era una especie de milagro obsceno... ¿Qué hacían unos ojos así, anclados en esa cara devastada? ¿Cómo podían conservar semejante expresión, después de tantas décadas de ver podredumbre? Mi mujer, mucho más desesperada que creyente, recurrió a ella en busca del milagro que los médicos nos negaban. Yo, ni siquiera cuando, por fin y contra todos los pronósticos, quedó embarazada, le dí algún crédito a la vieja. Que se murió el mismo día en que nació Lucy. Pero ahora... ahora sí creo. Porque cuando miro a nuestra hija son aquellos mismos ojos increíbles los que me contemplan. Y podría jurar que les divierte lo que ven.

domingo, septiembre 12, 2010

Cajas chinas

En la hora inexplicable del crepúsculo las cosas pugnan por revelar su identidad secreta… Y así el árbol se asume nido y ala, y vuela y permanece al mismo tiempo, arropado de plumas y soñando pájaros. Y el camino se funde al fin con el horizonte, en la penumbra se vuelve principio y llegada, alfa y omega de la esperanza y sus pies febriles. Los grillos, borrachos de luna, crepitan, para iluminar de música la noche todavía frágil. Y en cada encrucijada la tierra, vestida de luciérnagas, se sueña cielo, multiplicando la cruz del Sur que ya se asoma, enjoyada y lejana, a contemplar la fiesta de la oscuridad desnuda. Donde se acuna el árbol y las hojas vuelan y el grillo palpita y las luciérnagas arden y el camino abraza las estrellas

miércoles, agosto 18, 2010

Los relojes

"Allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo". (Julio Cortázar. De "Instrucciones para dar cuerda al reloj") Eso dijo con su voz gangosa y honda, y su palabra, que llegaba como ignorando la ausencia final, me hizo pensar en los relojes. Los de él y los míos. Era diferente en su tiempo. Pese a la constancia que los caracteriza, teníamos cierto control sobre esos verdugos inmóviles y siempre despiertos; adrede, o por un oculto deseo de salvarnos que procreaba olvidos, evitábamos darles cuerda. Entonces, en un número de horas variable, pero que casi nunca pasaba de las veinticuatro, el silencio les llenaba el ojo único -de dimensiones y formas diversas- fatigando la rítmica gimnasia de sus bracitos escuálidos, inutilizando el arpón del segundero. Lográbamos, al menos por un rato, ignorar el paso de las horas. Nos ilusionábamos en el conjuro absurdo, como si pudiéramos hacerle, de verdad, gambetas a la muerte. Y los días recuperaban sus arcaicas señales. Descalza, la libertad acodada en las ventanas veía partir o llegar las golondrinas, la ronda lenta con que los árboles alzan, cada tanto, sus vegetales desnudeces, sus arrebatos florales. Ante la pregunta impertinente, se podía decir: es la hora en que el lucero le hace señales a la noche. O, tal vez, aquella en la que los pájaros juntan los escombros de la oscuridad para hacer un nido con ellos. Si pudiéramos asesinar los relojes perdurablemente, el tiempo enjaulado quebraría las cuadrículas, desbordaría los cauces…. Sobre sus aguas desbocadas cabalgarían barcos de papel, regresando de lejanas costas; los recuerdos perdidos encenderían velas para encontrar de nuevo el camino y, ya sin apuro, instalarían un bazar persa, colmado de alfombras voladoras y lámparas mágicas. O una feria trashumante de charlatanes, estafadores, magos y alquimistas. La muerte se perdería en los ecos infinitos de un salón de espejos, o en su propio y misterioso laberinto. Y las manos del tiempo serían más piadosas. En vez de sacarnos del escenario a empujones, quizás permitiría algunas reverencias y bises antes del obligado mutis por el foro; y podríamos partir con un sonido de aplausos resonando en los oídos, con ramos fragantes languideciendo sobre el pecho. Un lento fundirse en el paisaje, en vez del fatal golpe en la nuca. Pero los relojes han extendido sus dominios, se han vuelto autónomos. Nuestra breve cabriola sido sojuzgada, nuestros ardides y zancadillas abolidos. Su independencia refuerza nuestra impotente servidumbre; no hay olvido que impida su férrea tiranía. Se (y nos) alarman de continuo, marcando nuestras vidas: el momento del remedio (que lleva escondido en sí una presencia agorera), el de la domesticación, el del encajonamiento del cuerpo dentro del traje, siempre angosto, de la costumbre. Y sus chillidos desvelados desgarran el sueño, dejando atrás alguna maravilla que su realidad cuadriculada espanta. Hasta el momento del amor les pertenece. Que toma entonces un matiz de oficina pública, de trámite que hay que cumplir programadamente, con el mismo entusiasmo con el que vamos al dentista o a pagar un impuesto. Y siempre bajo su fosforescente mirada de cíclope, ladrona de minutos, que desgrana un rosario hecho con nuestras vidas. Atados a su noria, somos rehenes sin rescate, finalmente ejecutados. Y sólo podemos rogar por un eclipse duradero, algo que les seque para siempre el corazón que nos delata, el implacable pincel con que nos pinta un blanco sobre el costado izquierdo. Por eso, Julio, a vos, con tu tiempo ya desovillado por sus ecos, te pregunto ¿cómo no tenerles miedo? Imagen: La persistencia de la memoria (S. Dali)

martes, julio 06, 2010

Requiem de alas

En el olvidado rincón de la ventana yace, / (petrificado espanto) / lo que alguna vez fingió ser mariposa / y ahora, / vaya una a saber / bajo qué forma brilla / en otra instancia, / que la habitual ceguera de mis ojos no percibe.

Aguada

Hay un cierto desgano en esta lluvia / que cae como quien hace a disgusto / su trabajo... / A pesar de todo / se abre el verde a su conjuro. / Parece como si el gris de arriba destiñera / sobre el otro, impasible, del cemento. / Con indiferencia adolescente / dos pájaros destrenzan su romance / sobre la aridez de las antenas, / sobre los techos solos... / Sus alas destellan contra el cielo / como una luz oscura... / En tanto, el trueno se derrumba / con estrépito de murga / aplastando el vacío de la calle. / Una ordenada procesión de jaulas / eleva su horizontal ausencia / (No veo las miradas que, acaso, / tras otros vidrios / las mías me regresan). / Cae el granizo implacable / de las horas. / A Buenos Aires / también lo empapa / la tristeza... / Fotografía: Albi

lunes, mayo 10, 2010

Incidente mítico

En un baño público a las dos de la mañana, Juan Gómez bosteza su aburrimiento. Sobre la mesa también se aburren papel higiénico, toallas descartables y un plato con unas pocas monedas. Es entonces que se abre la puerta y entra un hombre. Juan se pregunta si no tendrá frío así, medio desnudo en pleno julio. ¡Hay cada loco suelto! Lo bárbaro es el disfraz: no se nota para nada el lugar en el que termina el hombre y empieza el animal. Lo asombra la naturalidad con la que se alza la blanca cola de caballo mientras el chiflado avanza moviendo elegantemente los cascos. El loco inclina la cabeza para saludarlo y se le cae la corona de laureles. Juan se apresura a alcanzársela, no sea que se le descosa el traje por querer levantarla. El tipo la toma y le tiende a Juan una especie de arpa que tiene en la mano; Juan supone que quiere que se la sostenga mientras se acomoda el adorno, pero no entiende ni jota de lo que le dice. Cada vez hay más extranjeros en este ispa, piensa, y para peor, rayados, como si nos hiciera falta importarlos. Pero sostiene impasible el instrumento, no vaya a ser que el loco deje de ser manso si no le sigue la corriente. Puesta en su sitio la corona, el disfrazado se va para el fondo. Juan no logra imaginar cómo miércoles se las arregla en los mingitorios pero, por el ruido que hace, podría ser de veras un animal, se ve que hace rato que se está aguantando. También piensa que hay que ser ridículo para andar – un tipo grande, che – con esa arpita a cuestas. Calcula que además de loco debe ser medio rarito, como todos los ingleses. Sin ir más lejos el Elton John ese, por más que a la Antonia le guste tanto como canta.... El fulano está de vuelta, así que Juan le devuelve el chiche, imaginando ya lo que se van a reír con la Antonia cuando le cuente. Pero un poco de bronca le da al mirar el platito: ¿dónde miércoles va a cambiar esas monedas tan raras, medio deformes para colmo? ¡Se creerán que uno es un banco!, piensa indignado Juan, prometiéndose que la próxima vez, ¡minga de ayuda le va a dar!

lunes, marzo 29, 2010

Ediciones defectuosas

Supongo que debido a mi ignorancia cibernética, no puedo publicar las poesías con su formato original... Por lo tanto, he señalado con barras los cortes de cada verso. No es que eso los mejore, claro... Pero es como quiero que se lean, si es que alguien quiere tomarse la molestia. Desde ya, gracias por eso.

Scherzo y fuga

La vida nos toca / (como a violines) / y a veces desafina... No importa, vale / la música de las horas idas,/ el vacío donde el amor / fue una nota alta y breve, / apenas un suspiro del arco / sobre el cuerpo de madera, / un temblor del aire / entre los dedos... / Nada... / Después del aplauso / (o del silencio) / todas las notas acalladas, / la ejecución completa, / fingiremos -otra vez- / indiferencia. / Ayudará / el rostro de quieta porcelana, / la distancia / entre la música (ya inaudible), / y el estuche / (sorprendido por la ausencia / repentina) / después del último temblor / sobre las cuerdas tensas / (ahora mudas) / Imagen: Fotografía de Liliana Muente

Apunte de pecera

Hay un monstruo en la pecera, un ángel deforme, una suave repugnancia gris adherida al vidrio como una lapa a un tiburón de cristal. Veo latir (no sé si es su vientre o su garganta) con una pulsación obscena, la abertura palpitante de la boca… Me pregunto: ¿come o agoniza? Entre los colores de los otros su fantasmal consistencia desentona, es un chirrido oscuro, casi ofensivo. Los aireadores burbujean, un sol de neón los ilumina, el agua los rodea a todos con su indiferente transparencia. Y yo aquí, en mi propia pecera, ¿otro monstruo aprisionado tras los vidrios de lo que llamamos realidad?

lunes, febrero 08, 2010

Mi cuento en Billiken

Pensar que leía la revista cuando era chiquita (sí, allá por la prehistoria...) ¡Quién iba a pensar que me vería publicando en ella!

martes, enero 05, 2010

Comparto

Hace unos días recibí unos ejemplares del cuento infantil que me han editado en México... El libro lo ilustró Pablo De Bella. ¿Hace falta decir que estoy encantada con el producto final? Y acá va la tapa, para que compartan mi alegría.

sábado, diciembre 26, 2009

Mi ángel

Junto con los mejores deseos para estas fiestas, reciban la rosa que mi ángel les brinda. Cariñosamente

domingo, noviembre 08, 2009

De reojo

No es la primera vez que le sucede. Y esa repetición empieza a causarle una molestia vaga que parece centrarse en su estómago, en la náusea constante. Sin importar lo qué esté haciendo, de pronto, con el rabillo del ojo, cree percibir un movimiento, una sombra... Algo indefinido, algo que no está allí cuando gira la cabeza para verlo. No le preocupó las primeras veces, y atribuyó los furtivos desplazamientos a ilusiones ópticas, cansancio, nervios... Sin embargo, al transcurrir las semanas comenzó a inquietarse, igual que el venado que presiente al depredador oculto, cuyo hedor siente en el aire, aunque sus ojos asustados no lo puedan divisar. Además eso, sea lo que sea, acorta distancias. Y se hace más grande, está segura. En los primeros días adjudicó el veloz movimiento a alguna rata que podía haber penetrado en la casa por los desagües; luego, la fugitiva vislumbre le hizo pensar en un perro, (perro que, claro está, no tiene). Ahora, es como si un niño o un enano se desplazara a su alrededor, trazando siniestras espirales, cercándola. No sucede a horas fijas. Da igual si es de día o de noche. Siempre hay un rincón oscuro desde el cual eso suele desprenderse, aprovechando una momentánea distracción... Y, por más que lo intente, no logra capturar su imagen con claridad. Los días se le vuelven pesadilla continua. Sin darse cuenta, empieza a adoptar poses peculiares, en su intento de custodiar los nidos de oscuridad en los que eso se ha gestado, esos rincones tenebrosos desde los que parece desprenderse. Se obsesiona en una vigilia acaso absurda y siempre inútil. Porque eso siempre surge, indefectiblemente, de un sitio diferente al que ella está custodiando. Comienza a actuar extrañamente. Gira la cabeza de pronto, con nerviosos movimientos de pájaro, y sus ojos han adoptado una expresión alucinada. Ya casi no duerme, sudando sus terrores en las horas de insomnio; teme ser vencida por el sueño y que entonces eso aproveche para saltarle encima, para devorarla con su oscuridad de jungla. Y come mal, como preñada de esa angustia que se despereza en su vientre, se enrosca en su sangre y le cierra la garganta. Atrapada en esa telaraña ya casi no sale; los pocos que, preocupados por su desaparición vienen a visitarla, se van rápidamente, ahuyentados por sus gestos de demente y por algo más, algo que les eriza la piel, acelera su aliento y los empuja fuera de la casa, sin que ninguno pueda precisar con exactitud de qué se trata. Pero respiran aliviados una vez afuera, mientras tratan de olvidar los ojos amedrentados, el olor a miedo que desprende la mujer. No siempre lo logran. Y no falta quién llega a sentir que no ha salido completamente solo del lugar, que algo, alguien, le sigue los pasos, aunque no logre verlo con nitidez y sólo llegue a percibir, con el rabillo del ojo, un movimiento furtivo, una sombra taimada... La soledad se hace más densa alrededor de la mujer. Helada, respirando apenas, permanece muchas horas sentada en el sillón antes confortable, mientras trata de negar con las estridencias de la televisión la marea silenciosa que avanza, los círculos que se van cerrando en torno de ella. Un día como otro cualquiera sabe que eso ha terminado de recorrer sus fatales senderos. Cree sentir un aliento helado sobre su nuca desprotegida, crispa las manos, respira hondo, la frente se eriza en una transpiración de escarcha. Con un espasmo que reúne terror y coraje se da vuelta, dispuesta a enfrentar lo que sea de una buena vez. Tiene ¡al fin!, la visión completa de la sombra. Y en el breve, brevísimo lapso de vida disponible después de eso, agradece la muerte que le hará olvidarla.

domingo, noviembre 01, 2009

Luis construye mañanas

Los domingos, cuando todavía los pájaros remolonean en los nidos, contagiados de pereza humana, Luis sube a su bicicleta y se larga a andar por las calles ajenas. Sin apuro, sin tarjetas que marcar, sin capataces, con la mañana lustrosa sobre los hombros, él pedalea mientras el sol, estremecido de escarcha, patina en los techos de la barriada. No sabría explicar por qué se larga así, a la buena de Dios, cuando podría aprovechar para descontar cansancios y dejarse estar en la analgésica modorra del feriado, que borra tanto esfuerzo inútil, tanto lunes inevitable, tanta humillación rumiada. Ni él mismo sabe qué lo fuerza a dejar la cama calladamente, sin incomodar el sueño de Rosa o de los chicos, para deslizarse, todavía sombra entre sombras, a la cocina. Un par de mates, esa amarga tibieza que reconforta y luego, como cada día, la bicicleta. Y la calle, que lo llama con su boca dentada de verde, su piel cuarteada de pasos idos. Luis pedalea despacio, y deja que los ojos se le llenen de veredas solitarias, de casas que aún duermen, protegidas por los ojos vigilantes de sus faroles. Faroles que, a medida que el día extiende sus tapices, parpadean y se cierran hasta que la noche vuelva a reclamarlos. Campanas con vocación de monaguillo se hamacan en el aire limpio, viejas devotas se desprenden de portales bostezantes para responder a la convocatoria. La mañana pedalea sin ceremonias junto al hombre oscuro, vuela con los gorriones inquietos, repica en los campanarios. El barrio se desliza, cinta sin fin, a cada costado. Y Luis mira las casas, los jardines que se desperezan, las puertas cerradas, las ventanas mudas. Y vuelve a levantar edificios. Pero esta vez solo en su mente, altas torres hechas de luz y de aire. Con miles de ventanas. Ventanas de muchos colores, todas distintas, únicas todas. Como las personas mismas… La calle alterna asfalto y adoquines, baches y suavidades; los semáforos, pasiones y esperanzas. Y Luis, en cada pedaleo, construye muros y abre ventanas ilusionadas... Una ventana azul... una ventana de sol... una ventana ojos del zorzal... una ventana silenciosa... una ventana a la vida... una ventana cerrada... una ventana sin mayores pretensiones... una ventana fría... una ventana alegre... una ventana ríspida... una ventana de cinco centavos... una ventana de arroz... una ventana de besos... una ventana briosa... una ventana característica... una ventana de acero.... una ventana sin calificativos.

Presentación

El próximo 5 de noviembre la editorial Amauta presentará en sociedad la antología Un mes después y otros cuentos aterradores, en la que aparezco con un cuentito y, ni yo misma lo creo, ilustrando algunos cuentos ajenos. La tapa la hizo un profesional en serio, Leo Batic, que además es, como la mayoría de los que también aparecen en la antología, un verdadero amigo. El magno evento (bueno, para mí lo es) tendrá lugar a las 18.30 hs., en el auditorio de Espacio Tucumán, Suipacha 140. Y están invitados, claro. Un agradecimiento especial a Graciela Repún, que es la que nos ha dado el empujoncito necesario para que nos animemos a poner el cuerpo (y las letras) en este proyecto, y otro a Mario Méndez y Jorge Grubissich, que lo hicieron realidad.
Y para que vayan sintiendo el gustito, acá está la portada de la antología.

lunes, septiembre 21, 2009

Abrazo de agua

Y sigo desempolvando... Este es de 1996, nada menos.
ABRAZO DE AGUA
Disuelta en el agua tu presencia,/ verde, cristalina, pasajera./ Me sumerjo a encontrar tu cuerpo,/ memoria fluida y transparente,/ lo etéreo de tu forma, ese susurro/ diluido entre las voces del silencio./ Una hoja oxidada arremolina/ el recuerdo de tus ojos / en la orilla;/ en mis brazos/ late el frío de tu sombra.

Reloj pulsera

Desempolvando archivos viejos, encontré esto, que es de julio del 2005. Y dada mi escasa producción literaria de los últimos tiempos, me decidí a ponerlo en vidriera, tanto como para que sepan que sigo acá, aunque no parezca...
RELOJ PULSERA
En esa esfera el tiempo/ se consagra,/ me atrapa,/ me convierte en su esclava,/ su herramienta.../ Me encadena/ con agujas y latidos.../ Y ya la luz no cuenta,/ ni las sombras,/ sino un frágil batir/ de sueños muertos/ tras la cruel ilusión/ del “para siempre”. ¿Qué pretende este pulso/ en su soberbia?/ ¿Acaso fingir que ha conjurado/ el invisible arco,/ la certera flecha ya intuida/ por el hosco reloj/ del pecho abierto?
Imagen: Persistencia de la memoria, de Salvador Dalí

domingo, julio 19, 2009

Atención, viajero

Te lo advierto, allá te espera una ciudad feroz. En ella, las altísimas torres violan reiteradamente al cielo inerme, sin siquiera reparar en ello... Y los puentes acuchillan el río gangrenado, putrefacto ya, sin que nadie se cuide de su muerte repetida, mientras que las plazas, erizadas de agujas venenosas, se pueblan de alucinaciones, que estrangulan a sus víctimas sin piedad alguna. Sobre las calles, fieras metálicas acechan a transeúntes desprevenidos, y, a veces, se atacan entre sí como animales en celo, para llenar el suelo gris con despojos varios. Sigue mi consejo, viajero, no entres en ella. No temas, podrás reconocerla desde lejos, yaciendo bajo la niebla de su indiferente violencia como un gran monstruo antediluviano.

Vampiro literal

Suele rondar las calles clavándole el diente a palabras desprevenidas, secuestrando vivencias ajenas, rapiñando anécdotas. Cualquier cosa puede terminar devorada por la criatura, nada está a salvo de su hambre, de su codicia, de su terrible necesidad de alimentar transformaciones. Siempre está tejiendo sus redes invisibles, más atento a dar vida a una frase ingeniosa, una metáfora original, un giro desusado, que a quien agoniza a su lado. A no ser que lo vea, de improviso, como materia prima, como algo reciclable. Vampírico, nebuloso, sabe que no existe más que en esas metamorfosis. Que solo en las ficciones que produce puede reflejarse. Sin ellas, es apenas otro fantasma perdido en la ciudad, inmensa y no menos impiadosa. (Imagen: Furia, de Fabio Lafroce)