lunes, diciembre 13, 2010

Visita

Yo no quería venir. Pero cuando má dice “hoy vamos a ver a la tía”, no hay más vueltas. Tenemos que venir, sí o sí. “Para eso somos familia”, dice. Prefiero ir a lo de Inés, que sí es mi tía-tía, ahí no hay problema, juego con mis primos y lo pasamos bárbaro; además ella es linda, se ríe siempre, aunque hagamos lío, y me da galletas de chocolate... Tía Antonia no se le parece en nada. A mí me hace pensar más bien en una bruja. Y huele siempre raro, un poco como las cosas que guardamos en el placard de la piecita del fondo. Además, todas las veces me mira como si no supiera quién soy. Má me dijo que es hermana del abuelo Luis, que está sola y enferma, y que por eso tiene que vivir acá, en este lugar lleno de personas igual de reviejas y que a mí me asustan un poco. Antes, el único que la visitaba era el abuelo. Pero se murió y ahí fue que tuvimos que empezar a venir nosotros. Má dice que es lo menos que podemos hacer. Bueno, está bien, digo, si a ella le gusta... Lo que no sé es para qué me trae a mí. Ya le dije un montón de veces que soy grande, que me puedo quedar en casa mirando la tele, pero no hay caso. Que no me va a dejar solo, dice. Y que ella tampoco está chocha de la vida por perderse la tarde del sábado después de laburar toda la semana. Pero que se lo prometió al abuelo y ella siempre cumple lo que promete. No sé, a mí me prometió hace mucho que me iba a comprar la camiseta de River y todavía nada.. Al final, me voy a hacer viejo esperando, igual que el abuelo Luis y la tía Antonia. Porque aunque parezca raro, hace como mil años, ellos también fueron chicos. Los vi en unas fotos que encontré en una caja adentro del ropero del abuelo. Má dice que tengo los mismos ojos y el mismo pelo que él. La nariz… no tanto. “Esa la sacaste de tu padre”, añade, y me parece que eso no le gusta mucho. Yo no sé si lo de papá es cierto, porque ella tiró todas sus fotos cuando se fue, y no me acuerdo cómo era… Pero bueno, la cosa es que a mí la Antonia de esas fotos de antes me gusta más que esta de ahora. Y me pasa que mucho no entiendo cómo puede ser la misma. Le miro el millón de arrugas, y los ojos chiquitos, y… ¿saben de qué me acuerdo? De una tortuga que tuve que se la comieron las hormigas. Si hasta mueve la cabeza igual… Má le cepilla el cabello, le corta las uñas, le da un caramelo de miel… Después creo que ella tampoco sabe qué más hacer. Se pone a mirar por la ventana, y nos quedamos los tres callados, escuchando el ruido de la calle, el televisor que los otros viejos están mirando en el comedor, el tic-tac de un reloj que parece un granadero de guardia en el pasillo. En lo único que quisiera pensar es en que cada vez falta menos para irnos. Pero también pienso si algún día no habrá otro chico como yo sentado acá, mirándome y pensando si seré o no el mismo que él vio en alguna foto vieja.

jueves, octubre 14, 2010

En la selva

Hace varias noches que no descansa bien. Se acuesta, con el propósito de ver alguna película por televisión y a los pocos minutos el sueño la vence; dos o tres horas después despierta para reencontrarse con el insomnio, como quién se enfrenta a un viejo enemigo que siempre nos derrota. En la medrosa quietud, sonidos extraños la rodean: crujidos, susurros, movimientos invisibles brotan de todos los rincones. Los nervios la dominan, se avergüenza de revivir, a sus años, antiguos terrores infantiles. Ausente de ellos, Rubén duerme, tranquilo. Su pausada respiración es el ancla a la cual ella sujeta su cordura, que siente desfallecer ante el acoso nocturno. La luz incierta del alba la encuentra agotada, aturdida; sólo logra funcionar aceptablemente después de un par de aspirinas y unas tazas de café bien cargado. Día tras día, cada vez más exhausta, desea el descanso que ya presiente imposible. Al contrario, todo empeora; se suman a los ruidos cercanos los callejeros: aullidos de ambulancias, sirenas policíacas, ecos distantes de trenes y camiones; a veces disparos, gritos, carreras. Pueden inspirar temor pero son, en cierta forma familiares, conocidos. ¡No como los que comienzan a filtrarse por su desvelo! Sonidos que la hacen pensar en pelajes moteados, en ramas quebrándose bajo garras afelpadas, en animales atrapados por incorpóreos depredadores. Durante el día adjudica estas figuraciones a sus nervios desquiciados, pero en las noches no puede evitar el terror; su respiración se agita y la sangre es un desbocado tambor en sus oídos, una transpiración helada le brota desde las entrañas. Boca arriba, le parece que el techo de la habitación se disipa, dejándola indefensa bajo una bóveda sombría dónde el sol no penetra jamás a pleno; se imagina rodeada de otros muros, muros hechos de lianas, troncos, de compactas masas de vegetación tropical. Desde ellos, salvajes ojos de ópalo y jade la acechan y cree percibir olores de zoológico, nada que ver con el domesticado aroma de la cera o el lustramuebles que emplea para la limpieza. Esa noche, desbordada por la insoportable tensión, extiende la mano en busca de la luz consoladora del velador; bajo su suave resplandor comprobará, se dice, lo ridículo de su miedo; las paredes le mostrarán sus cándidos tonos pastel, el techo será solo un techo y no habrá ninguna amenaza escondida a su alrededor. Pero en vez de la mesa de luz sus dedos tocan algo frío, escamoso, que se desliza, rápida y sigilosamente, huyendo de su contacto. Los dedos se retraen, forman un puño que sofoca el grito agazapado en su garganta. Todo su cuerpo es un latido, una ola roja que la aturde y, vencida de horror, se desmaya. Cuando abre los ojos otra vez, la claridad grisácea del amanecer exhibe la normalidad de la habitación. La araña, impávida, cuelga del techo como todos los días y, como todos los días, ve los viejos muebles a su alrededor; ningún indicio de que algo extraordinario haya sucedido, solo su rostro pálido y desencajado sobre el espejo. Rubén escucha, condescendiente, su deshilvanado relato. Le dice que debió soñarlo todo, que no hay otra explicación lógica; tal vez sería aconsejable una visita al médico, le vendría bien algún sedante si no quiee enfermarde puro agotamiento. Ella, poco convencida y a desgano, asiente, pero solo porque teme enfrentar opciones menos razonables. Ni el café ni las aspirinas le sirven, incapaces de suprimir la sensación de irrealidad que la acompaña todo el día. Las cosas a su alrededor, nítidamente definidas por la luz del sol, le resultan menos verdaderas que sus vivencias nocturnas y no puede concentrarse en números y porcentajes, atrapada aún por los recuerdos de las supuestas pesadillas. Malhumorada, contesta mal a sus compañeros, no acierta a balancear debes y haberes, el campanilleo del teléfono la lleva al borde del grito; desea, más que nunca, salir de la rutina intolerable. Casi no cena, y su mente divaga mientras aparenta escuchar los comentarios de Rubén. Después se queda viendo televisión, temerosa de lo que vendrá al acostarse. Desde la habitación Rubén la llama, le recuerda que deben levantarse temprano, que no se extrañe después si anda hecha una zombi. Al fin, rendida de cansancio, se va a la cama. Las sábanas de limpio aroma la reconfortan y, agotada, se duerme enseguida. Al despertar ya no está en su cama ni en su dormitorio. Sus pies descalzos pisan una alfombra blandamente repugnante, olorosa a humedad y materias en descomposición; en torno suyo se ciernen pesadas sombras, árboles agobiantes, serpentinas de lianas; sonidos animales se le acercan, fulgurantes ojos verde-amarillos la observan; víctima posible, sabe que su camisón blanco resalta sobre toda esa negrura informe, incitando el ataque. Cree sentir en el rostro un aliento fétido, sobre la carne temblorosa las garras afiladas, anticipa el zarpazo final. El grito tantas noches retenido estalla en su boca. A pesar de los esfuerzos de Rubén para calmarla, gritará por mucho tiempo, el cuerpo tiritante, los ojos ciegos, extraviada entre las sombras de la selva. Bajo la cama, una orquídea sedosa comienza a marchitarse.

lunes, octubre 11, 2010

El que espera

En un andén, entre otra gente sola alguien, desde hace mucho, espera. Mira una vez más los relojes inmóviles, suspira; de improviso, una sombra difusa le rueda por el rostro, se sobresalta. Nervioso, da vuelta sus bolsillos: busca una foto, un nombre, algo; sólo encuentra cientos de hojas de almanaques ya vencidos, mohosos o amarillentos. Resignado, descubre que ya no sabe qué o a quién estaba esperando. Entonces alza los hombros, mete las manos en los bolsillos ahora vacíos, y se aleja silbando.

domingo, septiembre 26, 2010

Una nueva antología

Compilada por Sergio Gaut vel Hartman, en la que aparece un cuento mío... Comparto la portada, ilustrada también esta vez por Carlos Nine. Lujos que a veces se dan y que siempre sorprenden... Igual que compartir espacio con escritores como Rogelio Ramos Signes, Patricia Suárez, Ana María Shua, Maria Rosa Lojo, Lucía Laragione, Gloria Pampillo, Fernando Sorrentino, Luisa Axpe, Alberto Chimal, el propio Sergio, y muchos otros que resultaría demasiado largo enumerar, tan talentosos como todos los ya mencionados.

sábado, septiembre 25, 2010

La bruja

Olía a rancio y siempre andaba murmurando letanías, muy convencida de que eso que mascullaba producía algún efecto en el mundo. Pero también decía que no iba a usar lo que sabía para dañar, ni para hacerse rica. Que le bastaba con vivir. Y ahí era cuando me convencía de que todo lo de sus poderes era pura macana. Si pudiera cambiar su existencia ¡cómo no iba a hacerlo! No tenía dónde caerse muerta, y apenas si puchereaba con los trabajos que, cada vez menos, le encargaban las vecinas. Como yo, nadie tenía demasiada confianza en la bruja, ni se la tomaba en serio. Eso sí, parecer, lo parecía; todo en ella hacía pensar en la típica imagen que, desde la niñez, produce repulsión en quien la ve. Por lo menos hasta que uno le encontraba los ojos. O mejor dicho, la mirada. Era una especie de milagro obsceno... ¿Qué hacían unos ojos así, anclados en esa cara devastada? ¿Cómo podían conservar semejante expresión, después de tantas décadas de ver podredumbre? Mi mujer, mucho más desesperada que creyente, recurrió a ella en busca del milagro que los médicos nos negaban. Yo, ni siquiera cuando, por fin y contra todos los pronósticos, quedó embarazada, le dí algún crédito a la vieja. Que se murió el mismo día en que nació Lucy. Pero ahora... ahora sí creo. Porque cuando miro a nuestra hija son aquellos mismos ojos increíbles los que me contemplan. Y podría jurar que les divierte lo que ven.

domingo, septiembre 12, 2010

Cajas chinas

En la hora inexplicable del crepúsculo las cosas pugnan por revelar su identidad secreta… Y así el árbol se asume nido y ala, y vuela y permanece al mismo tiempo, arropado de plumas y soñando pájaros. Y el camino se funde al fin con el horizonte, en la penumbra se vuelve principio y llegada, alfa y omega de la esperanza y sus pies febriles. Los grillos, borrachos de luna, crepitan, para iluminar de música la noche todavía frágil. Y en cada encrucijada la tierra, vestida de luciérnagas, se sueña cielo, multiplicando la cruz del Sur que ya se asoma, enjoyada y lejana, a contemplar la fiesta de la oscuridad desnuda. Donde se acuna el árbol y las hojas vuelan y el grillo palpita y las luciérnagas arden y el camino abraza las estrellas

miércoles, agosto 18, 2010

Los relojes

"Allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo". (Julio Cortázar. De "Instrucciones para dar cuerda al reloj") Eso dijo con su voz gangosa y honda, y su palabra, que llegaba como ignorando la ausencia final, me hizo pensar en los relojes. Los de él y los míos. Era diferente en su tiempo. Pese a la constancia que los caracteriza, teníamos cierto control sobre esos verdugos inmóviles y siempre despiertos; adrede, o por un oculto deseo de salvarnos que procreaba olvidos, evitábamos darles cuerda. Entonces, en un número de horas variable, pero que casi nunca pasaba de las veinticuatro, el silencio les llenaba el ojo único -de dimensiones y formas diversas- fatigando la rítmica gimnasia de sus bracitos escuálidos, inutilizando el arpón del segundero. Lográbamos, al menos por un rato, ignorar el paso de las horas. Nos ilusionábamos en el conjuro absurdo, como si pudiéramos hacerle, de verdad, gambetas a la muerte. Y los días recuperaban sus arcaicas señales. Descalza, la libertad acodada en las ventanas veía partir o llegar las golondrinas, la ronda lenta con que los árboles alzan, cada tanto, sus vegetales desnudeces, sus arrebatos florales. Ante la pregunta impertinente, se podía decir: es la hora en que el lucero le hace señales a la noche. O, tal vez, aquella en la que los pájaros juntan los escombros de la oscuridad para hacer un nido con ellos. Si pudiéramos asesinar los relojes perdurablemente, el tiempo enjaulado quebraría las cuadrículas, desbordaría los cauces…. Sobre sus aguas desbocadas cabalgarían barcos de papel, regresando de lejanas costas; los recuerdos perdidos encenderían velas para encontrar de nuevo el camino y, ya sin apuro, instalarían un bazar persa, colmado de alfombras voladoras y lámparas mágicas. O una feria trashumante de charlatanes, estafadores, magos y alquimistas. La muerte se perdería en los ecos infinitos de un salón de espejos, o en su propio y misterioso laberinto. Y las manos del tiempo serían más piadosas. En vez de sacarnos del escenario a empujones, quizás permitiría algunas reverencias y bises antes del obligado mutis por el foro; y podríamos partir con un sonido de aplausos resonando en los oídos, con ramos fragantes languideciendo sobre el pecho. Un lento fundirse en el paisaje, en vez del fatal golpe en la nuca. Pero los relojes han extendido sus dominios, se han vuelto autónomos. Nuestra breve cabriola sido sojuzgada, nuestros ardides y zancadillas abolidos. Su independencia refuerza nuestra impotente servidumbre; no hay olvido que impida su férrea tiranía. Se (y nos) alarman de continuo, marcando nuestras vidas: el momento del remedio (que lleva escondido en sí una presencia agorera), el de la domesticación, el del encajonamiento del cuerpo dentro del traje, siempre angosto, de la costumbre. Y sus chillidos desvelados desgarran el sueño, dejando atrás alguna maravilla que su realidad cuadriculada espanta. Hasta el momento del amor les pertenece. Que toma entonces un matiz de oficina pública, de trámite que hay que cumplir programadamente, con el mismo entusiasmo con el que vamos al dentista o a pagar un impuesto. Y siempre bajo su fosforescente mirada de cíclope, ladrona de minutos, que desgrana un rosario hecho con nuestras vidas. Atados a su noria, somos rehenes sin rescate, finalmente ejecutados. Y sólo podemos rogar por un eclipse duradero, algo que les seque para siempre el corazón que nos delata, el implacable pincel con que nos pinta un blanco sobre el costado izquierdo. Por eso, Julio, a vos, con tu tiempo ya desovillado por sus ecos, te pregunto ¿cómo no tenerles miedo? Imagen: La persistencia de la memoria (S. Dali)

martes, julio 06, 2010

Requiem de alas

En el olvidado rincón de la ventana yace, / (petrificado espanto) / lo que alguna vez fingió ser mariposa / y ahora, / vaya una a saber / bajo qué forma brilla / en otra instancia, / que la habitual ceguera de mis ojos no percibe.

Aguada

Hay un cierto desgano en esta lluvia / que cae como quien hace a disgusto / su trabajo... / A pesar de todo / se abre el verde a su conjuro. / Parece como si el gris de arriba destiñera / sobre el otro, impasible, del cemento. / Con indiferencia adolescente / dos pájaros destrenzan su romance / sobre la aridez de las antenas, / sobre los techos solos... / Sus alas destellan contra el cielo / como una luz oscura... / En tanto, el trueno se derrumba / con estrépito de murga / aplastando el vacío de la calle. / Una ordenada procesión de jaulas / eleva su horizontal ausencia / (No veo las miradas que, acaso, / tras otros vidrios / las mías me regresan). / Cae el granizo implacable / de las horas. / A Buenos Aires / también lo empapa / la tristeza... / Fotografía: Albi

lunes, mayo 10, 2010

Incidente mítico

En un baño público a las dos de la mañana, Juan Gómez bosteza su aburrimiento. Sobre la mesa también se aburren papel higiénico, toallas descartables y un plato con unas pocas monedas. Es entonces que se abre la puerta y entra un hombre. Juan se pregunta si no tendrá frío así, medio desnudo en pleno julio. ¡Hay cada loco suelto! Lo bárbaro es el disfraz: no se nota para nada el lugar en el que termina el hombre y empieza el animal. Lo asombra la naturalidad con la que se alza la blanca cola de caballo mientras el chiflado avanza moviendo elegantemente los cascos. El loco inclina la cabeza para saludarlo y se le cae la corona de laureles. Juan se apresura a alcanzársela, no sea que se le descosa el traje por querer levantarla. El tipo la toma y le tiende a Juan una especie de arpa que tiene en la mano; Juan supone que quiere que se la sostenga mientras se acomoda el adorno, pero no entiende ni jota de lo que le dice. Cada vez hay más extranjeros en este ispa, piensa, y para peor, rayados, como si nos hiciera falta importarlos. Pero sostiene impasible el instrumento, no vaya a ser que el loco deje de ser manso si no le sigue la corriente. Puesta en su sitio la corona, el disfrazado se va para el fondo. Juan no logra imaginar cómo miércoles se las arregla en los mingitorios pero, por el ruido que hace, podría ser de veras un animal, se ve que hace rato que se está aguantando. También piensa que hay que ser ridículo para andar – un tipo grande, che – con esa arpita a cuestas. Calcula que además de loco debe ser medio rarito, como todos los ingleses. Sin ir más lejos el Elton John ese, por más que a la Antonia le guste tanto como canta.... El fulano está de vuelta, así que Juan le devuelve el chiche, imaginando ya lo que se van a reír con la Antonia cuando le cuente. Pero un poco de bronca le da al mirar el platito: ¿dónde miércoles va a cambiar esas monedas tan raras, medio deformes para colmo? ¡Se creerán que uno es un banco!, piensa indignado Juan, prometiéndose que la próxima vez, ¡minga de ayuda le va a dar!

lunes, marzo 29, 2010

Ediciones defectuosas

Supongo que debido a mi ignorancia cibernética, no puedo publicar las poesías con su formato original... Por lo tanto, he señalado con barras los cortes de cada verso. No es que eso los mejore, claro... Pero es como quiero que se lean, si es que alguien quiere tomarse la molestia. Desde ya, gracias por eso.

Scherzo y fuga

La vida nos toca / (como a violines) / y a veces desafina... No importa, vale / la música de las horas idas,/ el vacío donde el amor / fue una nota alta y breve, / apenas un suspiro del arco / sobre el cuerpo de madera, / un temblor del aire / entre los dedos... / Nada... / Después del aplauso / (o del silencio) / todas las notas acalladas, / la ejecución completa, / fingiremos -otra vez- / indiferencia. / Ayudará / el rostro de quieta porcelana, / la distancia / entre la música (ya inaudible), / y el estuche / (sorprendido por la ausencia / repentina) / después del último temblor / sobre las cuerdas tensas / (ahora mudas) / Imagen: Fotografía de Liliana Muente

Apunte de pecera

Hay un monstruo en la pecera, un ángel deforme, una suave repugnancia gris adherida al vidrio como una lapa a un tiburón de cristal. Veo latir (no sé si es su vientre o su garganta) con una pulsación obscena, la abertura palpitante de la boca… Me pregunto: ¿come o agoniza? Entre los colores de los otros su fantasmal consistencia desentona, es un chirrido oscuro, casi ofensivo. Los aireadores burbujean, un sol de neón los ilumina, el agua los rodea a todos con su indiferente transparencia. Y yo aquí, en mi propia pecera, ¿otro monstruo aprisionado tras los vidrios de lo que llamamos realidad?

lunes, febrero 08, 2010

Mi cuento en Billiken

Pensar que leía la revista cuando era chiquita (sí, allá por la prehistoria...) ¡Quién iba a pensar que me vería publicando en ella!

martes, enero 05, 2010

Comparto

Hace unos días recibí unos ejemplares del cuento infantil que me han editado en México... El libro lo ilustró Pablo De Bella. ¿Hace falta decir que estoy encantada con el producto final? Y acá va la tapa, para que compartan mi alegría.

sábado, diciembre 26, 2009

Mi ángel

Junto con los mejores deseos para estas fiestas, reciban la rosa que mi ángel les brinda. Cariñosamente

domingo, noviembre 08, 2009

De reojo

No es la primera vez que le sucede. Y esa repetición empieza a causarle una molestia vaga que parece centrarse en su estómago, en la náusea constante. Sin importar lo qué esté haciendo, de pronto, con el rabillo del ojo, cree percibir un movimiento, una sombra... Algo indefinido, algo que no está allí cuando gira la cabeza para verlo. No le preocupó las primeras veces, y atribuyó los furtivos desplazamientos a ilusiones ópticas, cansancio, nervios... Sin embargo, al transcurrir las semanas comenzó a inquietarse, igual que el venado que presiente al depredador oculto, cuyo hedor siente en el aire, aunque sus ojos asustados no lo puedan divisar. Además eso, sea lo que sea, acorta distancias. Y se hace más grande, está segura. En los primeros días adjudicó el veloz movimiento a alguna rata que podía haber penetrado en la casa por los desagües; luego, la fugitiva vislumbre le hizo pensar en un perro, (perro que, claro está, no tiene). Ahora, es como si un niño o un enano se desplazara a su alrededor, trazando siniestras espirales, cercándola. No sucede a horas fijas. Da igual si es de día o de noche. Siempre hay un rincón oscuro desde el cual eso suele desprenderse, aprovechando una momentánea distracción... Y, por más que lo intente, no logra capturar su imagen con claridad. Los días se le vuelven pesadilla continua. Sin darse cuenta, empieza a adoptar poses peculiares, en su intento de custodiar los nidos de oscuridad en los que eso se ha gestado, esos rincones tenebrosos desde los que parece desprenderse. Se obsesiona en una vigilia acaso absurda y siempre inútil. Porque eso siempre surge, indefectiblemente, de un sitio diferente al que ella está custodiando. Comienza a actuar extrañamente. Gira la cabeza de pronto, con nerviosos movimientos de pájaro, y sus ojos han adoptado una expresión alucinada. Ya casi no duerme, sudando sus terrores en las horas de insomnio; teme ser vencida por el sueño y que entonces eso aproveche para saltarle encima, para devorarla con su oscuridad de jungla. Y come mal, como preñada de esa angustia que se despereza en su vientre, se enrosca en su sangre y le cierra la garganta. Atrapada en esa telaraña ya casi no sale; los pocos que, preocupados por su desaparición vienen a visitarla, se van rápidamente, ahuyentados por sus gestos de demente y por algo más, algo que les eriza la piel, acelera su aliento y los empuja fuera de la casa, sin que ninguno pueda precisar con exactitud de qué se trata. Pero respiran aliviados una vez afuera, mientras tratan de olvidar los ojos amedrentados, el olor a miedo que desprende la mujer. No siempre lo logran. Y no falta quién llega a sentir que no ha salido completamente solo del lugar, que algo, alguien, le sigue los pasos, aunque no logre verlo con nitidez y sólo llegue a percibir, con el rabillo del ojo, un movimiento furtivo, una sombra taimada... La soledad se hace más densa alrededor de la mujer. Helada, respirando apenas, permanece muchas horas sentada en el sillón antes confortable, mientras trata de negar con las estridencias de la televisión la marea silenciosa que avanza, los círculos que se van cerrando en torno de ella. Un día como otro cualquiera sabe que eso ha terminado de recorrer sus fatales senderos. Cree sentir un aliento helado sobre su nuca desprotegida, crispa las manos, respira hondo, la frente se eriza en una transpiración de escarcha. Con un espasmo que reúne terror y coraje se da vuelta, dispuesta a enfrentar lo que sea de una buena vez. Tiene ¡al fin!, la visión completa de la sombra. Y en el breve, brevísimo lapso de vida disponible después de eso, agradece la muerte que le hará olvidarla.

domingo, noviembre 01, 2009

Luis construye mañanas

Los domingos, cuando todavía los pájaros remolonean en los nidos, contagiados de pereza humana, Luis sube a su bicicleta y se larga a andar por las calles ajenas. Sin apuro, sin tarjetas que marcar, sin capataces, con la mañana lustrosa sobre los hombros, él pedalea mientras el sol, estremecido de escarcha, patina en los techos de la barriada. No sabría explicar por qué se larga así, a la buena de Dios, cuando podría aprovechar para descontar cansancios y dejarse estar en la analgésica modorra del feriado, que borra tanto esfuerzo inútil, tanto lunes inevitable, tanta humillación rumiada. Ni él mismo sabe qué lo fuerza a dejar la cama calladamente, sin incomodar el sueño de Rosa o de los chicos, para deslizarse, todavía sombra entre sombras, a la cocina. Un par de mates, esa amarga tibieza que reconforta y luego, como cada día, la bicicleta. Y la calle, que lo llama con su boca dentada de verde, su piel cuarteada de pasos idos. Luis pedalea despacio, y deja que los ojos se le llenen de veredas solitarias, de casas que aún duermen, protegidas por los ojos vigilantes de sus faroles. Faroles que, a medida que el día extiende sus tapices, parpadean y se cierran hasta que la noche vuelva a reclamarlos. Campanas con vocación de monaguillo se hamacan en el aire limpio, viejas devotas se desprenden de portales bostezantes para responder a la convocatoria. La mañana pedalea sin ceremonias junto al hombre oscuro, vuela con los gorriones inquietos, repica en los campanarios. El barrio se desliza, cinta sin fin, a cada costado. Y Luis mira las casas, los jardines que se desperezan, las puertas cerradas, las ventanas mudas. Y vuelve a levantar edificios. Pero esta vez solo en su mente, altas torres hechas de luz y de aire. Con miles de ventanas. Ventanas de muchos colores, todas distintas, únicas todas. Como las personas mismas… La calle alterna asfalto y adoquines, baches y suavidades; los semáforos, pasiones y esperanzas. Y Luis, en cada pedaleo, construye muros y abre ventanas ilusionadas... Una ventana azul... una ventana de sol... una ventana ojos del zorzal... una ventana silenciosa... una ventana a la vida... una ventana cerrada... una ventana sin mayores pretensiones... una ventana fría... una ventana alegre... una ventana ríspida... una ventana de cinco centavos... una ventana de arroz... una ventana de besos... una ventana briosa... una ventana característica... una ventana de acero.... una ventana sin calificativos.

Presentación

El próximo 5 de noviembre la editorial Amauta presentará en sociedad la antología Un mes después y otros cuentos aterradores, en la que aparezco con un cuentito y, ni yo misma lo creo, ilustrando algunos cuentos ajenos. La tapa la hizo un profesional en serio, Leo Batic, que además es, como la mayoría de los que también aparecen en la antología, un verdadero amigo. El magno evento (bueno, para mí lo es) tendrá lugar a las 18.30 hs., en el auditorio de Espacio Tucumán, Suipacha 140. Y están invitados, claro. Un agradecimiento especial a Graciela Repún, que es la que nos ha dado el empujoncito necesario para que nos animemos a poner el cuerpo (y las letras) en este proyecto, y otro a Mario Méndez y Jorge Grubissich, que lo hicieron realidad.
Y para que vayan sintiendo el gustito, acá está la portada de la antología.

lunes, septiembre 21, 2009

Abrazo de agua

Y sigo desempolvando... Este es de 1996, nada menos.
ABRAZO DE AGUA
Disuelta en el agua tu presencia,/ verde, cristalina, pasajera./ Me sumerjo a encontrar tu cuerpo,/ memoria fluida y transparente,/ lo etéreo de tu forma, ese susurro/ diluido entre las voces del silencio./ Una hoja oxidada arremolina/ el recuerdo de tus ojos / en la orilla;/ en mis brazos/ late el frío de tu sombra.